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Palabras como autopsia, forense, psicópata, pruebas de ADN, laboratorio criminalístico… son vocablos comunes. A nadie sorprende hoy en día entender que la ciencia está al servicio de la lucha contra el crimen y que la policía cuenta con una metodología científica para atrapar a los delincuentes. Lo de Sherlock Holmes (versión literaria) o CNI (en su más moderna acepción televisiva) nos puede intrigar o deleitar como espectadores, pero apenas nos asombra.

Pero no siempre fue así. Apenas dos siglos nos separan de una mesa de disección para descifrar pistas que lleven a la captura del asesino. A pesar de que la medicina se desarrolló desde que existieron los primeros asentamientos humanos, su entrada en los recintos policiales no se produjo hasta mediados del XIX. Algo tan sencillo como aplicar conocimientos biológicos, anatómicos, patológicos y de otras disciplinas para desentrañar la naturaleza de un crimen o de de la psicología de su inductor.

Alexandre Lacassagne fue uno de los pioneros en el desarrollo de la ciencia forense, que no es otra cosa que aunar una serie de conocimientos variados en una misma dirección. Médico militar francés, a diferencia de su colega Lombroso no solo se afanó en buscar las raíces biológicas de los delincuentes, sino que puso el acento en el entorno como factor desencadenante de los delitos.

A él y su escuela criminalística (llegó a ser catedrático de Medicina Legal en la Universidad de Lyon) se le deben el desarrollo de una serie de pasos o protocolos que ahora nos parecen comunes y habituales, pero que en los albores de 1900 fueron auténticamente revolucionarios.

Avances sobre cómo detectar la edad de un cadáver a partir de medir el espacio entre los tejidos, reconstruir el tamaño de un esqueleto a partir de la longitud de su fémur o generar un sistema numérico —un primer antecedente de las huellas digitales— como forma de indentificación de los criminales son algunos de ellos. Asimismo, Lacassagne desarrolló técnicas para analizar los patrones de las manchas de sangre. Exactamente, esas salpicaduras que, en función de cómo se producen, nos ayudan a leer cómo se produjo el asesinato (a lo que se dedica del personaje de televisión Dexter).

Aunque, sin duda, su principal aportación es la doctrina sobre el medio social: “El medio social es el caldo de cultivo de la criminalidad”. A diferencia de su gran rival, el italiano Lombrosso y su teoría del criminal nato, el francés se inspira en el pensamiento de Pasteur y sostiene que, frente a una potencialidad innata para delinquir, es preciso que debe de darse una serie de factores sociales para que se active. Es decir, que es el medio social el que permite y posibilita la manifestación de la conducta antisocial del individuo.

Las sociedades tienen los criminales que se merecen. Además de una sentencia, es una afirmación del propio Lacassagne.

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