el calor y la genetica-mosca

Año tras año, en este hemisferio al menos, las moscas nos anticipan la llegada del calor y del verano. Pacientes y contumaces, se van adueñando de todos los lugares y sus zumbidos y presencia nos alertan de que las altas temperaturas se acercan para quedarse con nosotros durante una temporadita. Las muy puñeteras parece que están inmunizadas ante el calentamiento global y allá están, dispuestas a posarse sobre cualquier parte de nuestra anatomía.

Pues no crean, ellas también lo pasan mal por ese cambio climático que estamos provocando los humanos. Y lo sabemos porque quizás, tras nosotros, se trata de los animales que más estudiados tenemos. Desde hace casi cuatro décadas —37 años, para ser exactos— diversos equipos de científicos monitorizan la evolución de la mosca común —en lenguaje técnico, la Drosophila suboscura—, así que tenemos información sobre ellas para aburrir.

Y estos datos nos pueden aportar indicios sobre lo que en términos genéticos puede venir con tanta alteración de los hábitats naturales. Las sucesivas subidas de temperaturas han provocado una mutación en esta especie de insectos. En concreto, se ha podido observar una proliferación de genotipos más tolerantes a las altas temperaturas que los que existían hace treinta años.

El estudio, llevado a cabo por un grupo de colegas en Cataluña, les ha permitido identificar dos tipos de variantes genéticas en ellas: una que les ha permitido adaptarse al frío —esta variante aumentaba en los meses de invierno— y otra, con una pauta de comportamiento a la inversa, que les ha permitido sobrevivir mejor durante el estío. Curiosamente, los datos que se han ido almacenando les han permitido comprobar que esta evolución genética ha transcurrido en paralelo a los cambios en el panel de temperaturas que se han ido registrando en función del calentamiento global. Y que aquellas que portaban la variante tolerable al calor han sido más prolíficas que aquellas que no la tenían y, en consecuencia, las nuevas generaciones que invaden nuestros hogares están mejor adaptadas para resistir el calor.

Ahora bien, los autores del trabajo subrayan que fruto de su trabajo no han descubierto el gen del frío o del calor en las moscas, “ya que los factores genéticos de la resistencia al calor están distribuidos por todo el genoma, al menos en las moscas”.

Los optimistas ante el apocalipsis que se avecina están de enhorabuena. Si las moscas se adaptan al cambio climático, ¿por qué no nosotros? Aunque cuidado, que si eso ocurriera, será a costa de que se produzca una mutación. Y vete tú a saber cuál será el camino evolutivo que adoptaremos… ¿Nos convertiremos en moscas?

 Lara de Miguel, limnóloga

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