vacaciones dormir 

Lo mires por donde lo miras, lo de las vacaciones de verano acaba resultando como una letra que tarde o temprano acabas pagando. Que si aumenta el número de parejas que se divorcian —lógico, todo un año sin hablar con el/la propi@ y, de golpe, un mes enterito a convivir 24 horas—, que si surgen los problemas de quemaduras solares o de picaduras de insectos molestos, las lesiones por practicar deporte sí o sí… Y eso sin contar los problemas para conciliar el sueño por el calor y la alimentación inadecuada.

El caso es que, verano tras verano, volvemos del periplo vacacional más gordos y con suerte con un puñado de lesiones. Todo un planazo. Y la verdad es que a priori puede resultar difícil de entender, porque comer, lo que se dice comer, en verano poquito. Quizá el gran culpable de que tras el merecido descanso volvamos luciendo unas lorzas de más sea precisamente ese, la falta real de descanso.Y nos explicamos…

El sueño no solo representa una actividad reparadora para nuestras células y neuronas, también representa una actividad física, aunque no lo parezca, mediante la cual estamos perdiendo grasa —quemamos energía—. Y si fruto del estío reducimos nuestro sueño en un par de horas, aunque luego echemos siesta —que eso no es dormir en sentido estricto, ya que no se completan todas las fases del sueño— lo que ocurre es que reducimos la quema de grasa a la mitad.

Como casi siempre, hay que buscar a la malvada hormona que nos hace padecer. Hoy nos estamos refiriendo a la grelina, una sustancia que entre otras funciones estimula el hambre, reduce el gasto energético y promueve la retención de grasas, todo un compendio de virtudes, la chiquilla.

La segrega el aparato digestivo y actúa predisponiendo a sus diferentes órganos para la disgestión de los alimentos. Es decir, literalmente, se trata de la responsable de que se nos haga la boca agua y el estómago segregue los jugos gástricos. En condiciones normales, actúa a modo de despertador, indicándonos cuándo es el momento de comer.

Pues sepan que cuando reducimos nuestro nivel de sueño, al que estamos acostumbrados de manera natural, nuestro cuerpo produce más grelina, lo que se traduce en tener la sensación de tener más hambre. Esto nos lleva a comer más cuando menos lo necesitamos, ya que nuestro metabolismo está, digamos, al ralentí.

Si a esto sumamos que durante los periodos vacacionales aumenta proporcionalmente al descanso nuestra capacidad de aburrirnos, que ya comentamos en su momento que encamina más a menudo nuestros pasos a la nevera para elegir los alimentos menos nutritivos, la ecuación resultante no puede ser más catastrófica en términos de sobrepeso.

Aun así, seguiremos tachando con el lápiz rojo en el calendario los días que van transcurriendo para que desaparezca el trabajo y comiencen las vacaciones. Porque una cosa son las hormonas y otra muy diferente el disfrute de unas más que merecidas vacaciones.

Camino García Balboa, química, y Enrique Leite

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