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Algunos, sobre todo las personas de vida ordenada o metódica, presumen de poseer un reloj biológico tan afinado que no precisan ponerse el despertador todas las mañanas para levantarse y acudir al trabajo puntualmente. O que, si lo ponen, esperan pacientemente con la pestaña abierta a que suene para desconectarlo.

Incluso se ufanan de que su cuerpo es un mecanismo tan bien entrenado que es capaz de discernir entre los días laborables y los festivos. Así, cuando no toca madrugar, remolonean más tiempo en la cama que cuando las obligaciones laborales nos llaman.

Y no les falta razón. Ese reloj biológico existe en nuestro organismo y esta alojado, como suele ser habitual por otra parte, en el cerebro. Situado en el hipotálamo, su principal función consiste en controlar nuestras emociones, regula el hambre o la sed, la libido, la temperatura corporal y el ciclo circadiano, además de ser responsable de secretar numerosas hormonas. Es decir, respecto al sueño, nos señala y da órdenes de cuándo tenemos que despertarnos y cuando debemos de ir pensando en planchar la oreja

En concreto, de esta labor se encarga el núcleo supraquiasmático, un grupo de neuronas de la llamada materia gris situado en el centro del hipotálamo que se encarga de secretar una hormona, la melatonina, la responsable de poner en orden nuestro ciclo de sueño.

Seguro que a los que viajan constantemente en avión cruzando el charco les sonará la palabra melatonina, la sustancia que ingerimos para recuperarnos del molesto jet lag que provocan los cambios horarios al saltar los meridianos y que nos deja dos o tres días grogui, hasta que nos habituamos de nuevo y podemos recuperar nuestro ciclo de sueño.

Este área cerebral está en permanente conexión con otras partes del cerebro para ejecutar sus tareas de controlar nuestro tiempo de sueño y de vigilia. Por una parte, recibe información de la luz, es decir de la actividad solar, a través de los ojos. Estos segregan un pigmento llamado melanopsina que trasmite esos datos.

En función de su actividad, percibe si estamos en un ciclo de luz o de oscuridad externo. De acuerdo con nuestros propios hábitos —y no olvidemos que estamos programados para vivir en condiciones de luz, que no somos animales nocturnos— está información es procesada y debidamente interpretada. Es decir, que segrega melatonina (la secreción es baja durante el día) o no (aumenta en los ciclos nocturnos) en función de si nos toca ponernos en movimiento o dormir.

Lo curioso de este núcleo es que investigadores han probado a cultivar in vitro estas hormonas que forman parte del núcleo supraquiasmático, sin recibir estímulos por tanto de otras conexiones y que han sido capaces de mantener su propio ritmo. De ahí que sea considerada como un auténtico reloj biológico.

Por cierto y para los curiosos, además de en pastillas, la melatonina está presente en numerosos alimentos, sean de origen animal —carne y lácteos— o vegetal —algas como la spirulina o los cereales—. Pero cuidado, que abusar de ella también tiene numerosas contraindicaciones.

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