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El ser determina la conciencia, dicen los clásicos, y el ser social podría ser el desencadenante de un proceso evolutivo que permitió a los humanos, entre otros aspectos, seguir un camino diferente que nos ha llevado —de momento— hasta aquí.

No somos los únicos especímenes que viven en comunidad, pero sí los que han alcanzado un grado de sofisticación mayor en sus relaciones. Aun así, desde hace tiempo, los etólogos y otros especialistas en el estudio de los animales están descubriendo que alguno de los atributos que nos atribuíamos en exclusividad —como la empatía, la justicia o la moral— no lo son tanto y que pueden ser rasgos comunes a todos los animales que tendemos a vivir en colectivos.

Esta cuestión hace que, una vez más, cobre actualidad la famosa pregunta: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Y que se ponga en cuestión si lo que denominamos pomposamente ética o moral sea fruto directamente de vivir en colectividad y no una consecuencia de nuestra mayor inteligencia o capacidad cognitiva. 

El profesor Frans de Waal (primatólogo) es uno de los científicos que más incisivamente se hace eco de este asunto. En su libro El bonobo y el ateo, De Waal considera que este comportamiento ético forma parte del “paquete social” innato de los humanos… y de otros animales como los simios (aunque determinados comportamientos van más allá de los primates y también se empiezan a observar en roedores).

A lo largo de las páginas del manuscrito retrata minuciosamente que conceptos como la compasión, la justicia o la propiedad son también unas constantes en el mundo de los primates. Unos principios que más allá del respeto jerárquico pasan por comportamientos donde, por ejemplo, priman la amistad entre los miembros del grupo (uno de los pasajes relata cómo tras una pelea, la mayor preocupación de los miembros de la comunidad era el afán por reconciliarse). Y todo en aras de la cooperación.

Esa consciencia de que solos no podemos y que necesitamos del trabajo en común responde a una lógica aplastante: la supervivencia se garantiza mejor en grupo y, por lo tanto, es preciso el concurso de todos y mantener las señas como tal. El investigador concluye que fruto de esa cooperación fue como se fueron estableciendo esas reglas de juego, una ética en el comportamiento.

Como provocación —elemento para la reflexión y el debate— resulta un interesante argumento, aunque llamado para la polémica, y no solo porque nos sitúa en la misma escala a teóricas especies con grados de inteligencia dispar, sino porque deja otro tipo de flecos sin explicación.

Por ejemplo, si resulta algo innato, también debiera darse en la naturaleza el fenómeno de los psicópatas. Una corriente de investigadores sobre estas patologías apuestan por que la exclusión social —el no integrar o expulsar del grupo del colectivo— está en la génesis de algo tan humano como el asesinato o al asesino en serie. Sujetos nada empáticos, ajenos al dolor, que experimentan con el placer de matar por matar.

Y de momento, esos roles no se han podido demostrar fehacientemente en otras especies y, si fueran comportamientos innatos, tendrían que aparecer. Ahí queda simplemente apuntado. Seguro que el debate que se puede avecinar será constructivo.

Enrique Leite

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