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“Cuando el diablo no sabe qué hacer, mata moscas con el rabo”, glosa el refranero ibérico. Si lo traducimos al lenguaje de la ciencia, saldría algo así: cuando un científico se aburre o pretende ser imaginativo, se dedica a jugar con la estadística y a buscar analogías. Y hablando de tablas, gráficos y relaciones, de vez en cuando, incluso se puede dar con la tecla de algún que otro descubrimiento interesante.

Hoy vamos a dedicar unas líneas a este tipo de investigaciones que, alejándose de la búsqueda del equilibrio, se centran en otro tipo de datos, que cuanto menos son curiosos. En las diferencias físicas se pueden encontrar hechos determinantes sobre nuestra personalidad. Todo tiene que ver con el papel que juegan determinadas hormonas, cuya hiperactividad o por el contrario su baja actividad determinan rasgos particulares en cada individuo.

Ya hemos comentado en otras ocasiones que cada órgano tiene su función, pero los circuitos cerebrales y la producción de hormonas juegan diferentes papeles en nuestro desarrollo. O sea, que las tenemos a las pobres pluriempleadas. Gracias a eso —al pluriempleo— podemos llegar a conclusiones interesantes. Y vamos con un ejemplo. La proporción entre el segundo y el cuarto dedo de la mano (el índice y el anular) es un indicador de los niveles de testosterona a los que hemos estado sometidos en nuestro proceso prenatal. Ergo, aquellos que produjeron mayor testosterona se acaban convirtiendo —salvando las distancias, lógicamente— en especímenes más dados a asumir riesgos.

Pero vayamos por partes, parece que altos niveles de esta hormona durante el crecimiento prenatal afectan al tamaño de nuestros dedos y ralentizan el crecimiento del dedo índice. Por contra, afecta de manera positiva al anular, que alcanza un mayor tamaño. En cambio, si la exposición mayor es a los estrógenos, se produce el efecto contrario, y el dedo índice destaca sobremanera del anular.

Ahora solo falta relacionar estas hormonas con otro tipo de habilidades… Por ejemplo, la mayor producción de estrógenos con la capacidad lingüistica o espacial y la testosterona con el arrojo, valor o asunción de riesgos.

Seguro que, mientras acababa de leer estas líneas, ha tenido el tiempo suficiente para medir la longitud de sus dedos, anclarse en una de las categorías descritas y asentir o disentir de las afirmaciones vertidas. Piense, en cualquier caso, que las hormonas —la genética— tienen un papel relevante en determinar cómo somos, pero no subestime nunca los efectos del medio. Que también influye en determinar nuestra personalidad. Y si no, que se lo pregunten a los gemelos idénticos, que en ocasiones nunca tanta semejanza dio como resultado tantas diferencias.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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