vallejo najera

No hace falta remontarnos demasiado tiempo atrás ni mirar mucho más allá de nuestras fronteras para encontrar santos varones que en estos tiempos de la desmemoria histórica protagonizaron hazañas que dejan pequeños a los malvados más malvados de la literatura de ficción. En este blog hemos narrado las desventuras (para la humanidad) de gente tan poco edificante como Lysenko (el as de la ingeniería agrícola que sumió en el atraso a la agricultura y genética soviética), de Friedmann (el Henry Ford de las lobotomías) o el eximio Luis Bolín (ilustre morador del Coto de Doñana y artífice del mar de hormigón de la Costa del Sol).

En esta ocasión nos detenemos en otra figura que por deméritos propios debe entrar en este selecto club y cuyas trazas entendemos que es de justicia hacer públicas (o mejor dicho recordar, porque él ya se encargó de publicitarlas con sus escritos): don Antonio Vallejo-Nájera Lobón (1899-1960), autor de obras de renombre como Higiene de la Raza. La asexuación de los psicópatas (1934) y Eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza española (1937), e incesante buscador del gen rojo, culpable de la decadencia de la raza española .

Médico militar, primero se graduó como médico y luego ingresó en la milicia. Su estancia en Berlín como agregado militar de la embajada marcó su futuro y su destino. Allá, en tierras germanas, tuvo la fortuna de compartir conocimientos y entusiasmo con los psiquiatras alemanes Kretschmer, Schwalbe y Gruhle, ideológos del nazimo y de la supremacía de la raza aria, cuyas obras se encargó de traducir al castellano. O lo que es lo mismo, tornó a la patria con su castiza visión de los nazis y convencido de la necesaria limpieza étnica y de la existencia de un gen rojo que perturbaba el avance de las razas superiores. Ideas que fue madurando en Madrid, desde su puesto de director del cotolengo de Ciempozuelos (1930).

Con estos antecedentes, seguro que no se sorprenden si les decimos que se sumó de los primeros a las conspiraciones contra la República y al alzamiento militar que se puso en marcha un 18 de julio de 1936. El avance de las tropas facciosas —luego franquistas— supuso al coronel su nombramiento como jefe de los Servicios Psiquiátricos del Ejército (de los sublevados) y le permitió crear el Gabinete de Estudios Psicológicos del Ejército (a imagen y semejanza del Instituto de Investigación y Estudio de la Herencia Ancestral Alemana nazi, entre cuyas misiones estaba la demostración de que el marxismo era una tara mental).

Don Antonio, nuestro santo varón, partía de una incuestionable teoría: los pobres (especialmente esa subespecie formada por los jornaleros) forman parte de una raza inferior que hay que mantener “a raya” y evitar su reproducción en exceso. Vamos, lo justo para que trabajen para el resto, pero poco más.

Unos infrahombres (que incluso eran feos) que desarrollaban su fanatismo izquierdista porque eran portadores del gen rojo. Un gen que provoca graves anomalías y notables deficiencias mentales. Una aseveración que demostraban sin lugar a dudas los tests de ensayo y error que realizaba y que señalaban que los honrados ciudadanos de derechas “eran más inteligentes”, mientras que los izquierdistas, además de su menor cacumen, mostraban peligrosas tendencias criminales.

Ergo, el protador del gen rojo no solo era un idiota, sino también un criminal. Motivos suficientes para controlar su reproducción, ¿no creen?

Su delirio pseudocientífico le llevo a afirmar sin ruborizarse que fenotípicamente, este gen producía ideas izquierdistas. Sus conclusiones, que pusieron en práctica otros, fueron terribles para los pobres derrotados en la contienda. Ante tal erudición, solo queda emplazarles al próximo post para conocer el desenlace de esta vida ejemplar dedicada a la ciencia y a la patria.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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