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Unos somos más llorones que otros, pero todos, cuando los ojos se convierten en un torrente de lágrimas, nos encontramos con una sensación de profundo desahogo, casi de bienestar. Es como si tras la tempestad nos inundara una profunda calma. De hecho, en todos los duelos se aconseja no rehuir del llanto como terapia para su superación.

Pero vayamos por partes. Todos los animales que tenemos ojos estamos expuestos al fenómeno del llanto, o del lloro si lo prefieren. El ojo necesita moverse en un medio acuoso y las lágrimas cumplen esa función, mantienen húmedos los ojos cuando las inclemencias medioambientales tienden a secarlo. Las glándulas lacrimales son las responsables de ese complejo mantenimiento. Pero no todas las lágrimas son iguales.

Además de esta tarea, determinadas especies como los cocodrilos o las gaviotas utilizan su llanto para expulsar el exceso de sal que acumula su organismo —ya sea procedente de las piezas que se cobran o del agua del océano—. Pero no solo por eso, los albratros, por ejemplo recurren al lacrimeo durante peleas, danzas rituales o incluso, antes de comer. Otros, como las focas o las nutrias, también se manifiestan con el llanto cuanto se asustan o están estresadas.

Hasta el momento, que se sepa, el ser humano es la única especie que vincula este hecho a un estado emocional de tristeza o de alegría —en algunos casos—. Es decir, que surge como resultado de la expresión de un estado de ánimo. Y eso es así porque existe una conexión neuronal entre el área cerebral que controla nuestras emociones y las glándulas lacrimales.

Esta conexión se activa cuando estamos tristes y, curiosamente, las lágrimas que producimos en ese momento tienen una composición química diferente: son ricas en prolactina, adrenocorticotropa y en potasio y manganeso. Es decir, que ponemos a trabajar a nuestro organismo para combatir el estrés, en este caso la tristeza, mediante la producción de estas hormonas, que son las que a la postre nos proporcionan esa sensación de desahogo que comentábamos al principio.

Por cierto, que puestos a hablar de llorones, los alemanes, que también se caracterizan por su amor a la estadística, concluyen que también hay diferencias entre sexos y que las mujeres lloran entre 30 y 64 veces al año, y los hombres lloran un promedio de entre 6 y 17 veces al año. Aunque también tiene su explicación: el llanto es más frecuente durante la menstruación. Eso por no hablar de los bebés, que recurren a él para llamar nuestra atención, por lo menos, de una a tres horas al día.

Camino García Balboa, química 

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