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La naturaleza del bostezo representa uno de esos enigmas  que no dejan de sorprendernos. No va a ser la primera vez que hablemos de él, pero seguro que tampoco la última. No se apuren, les prometemos que no les vamos a provocar el bostezo si continúan leyendo estas líneas —o eso esperamos—.

No se trata de profundizar en esa reacción natural del organismo que exige una bocanada extra de oxígeno. Tampoco nos adentraremos en el mundo del aburrimiento o del hastío, ni nos quedaremos en los procesos de empatía que les provoca a nuestras mascotas —ya saben, ellas también abren su bocota cuando nos ven hacerlo a nosotros—.

Hoy nos quedamos con una faceta del contagio, pero relacionada con el mundo de las emociones, en concreto del comportamiento. Parece ser somos proclives a continuar con el recital de bostezos siempre y cuando parta de un familiar o de un amigo. En cambio, parece que somos inmunes si la apertura de boca la hace un desconocido. 

Un grupo de investigadores estuvo cerca de un año analizando el efecto contagio con un grupo de adultos (más de un centenar), poniendo a prueba diferentes variables como por ejemplo el país de origen, el sexo, el tipo de bostezo… Midieron cuándo se producía esta reacción y el comportamiento del grupo en el momento en que sucedía. Las conclusiones resultaron realmente asombrosas: “Solo la vinculación social es capaz de predecir la ocurrencia, frecuencia y la latencia del contagio”.

La mayor tasa de contagio, tanto en términos de aparición como de frecuencia, se dio en individuos que tenían algún tipo de relación. La frecuencia alcanzó el máximo cuando se trataba de parientes e iba disminuyendo para los amigos y llevaba a los niveles más bajos cuando la persona que bostezaba era un desconocido.

En opinión de los italianos que realizaron el estudio, lo que se demuestra es que la empatía juega un papel fundamental y que la magnitud de activación neuronal relacionada con bostezar tiene que ver con los mecanismos cerebrales que se ponen en marcha los procesos empáticos. “Se genera en mayor grado por la cercanía emocional entre individuos y no por otras variables, tales como género o nacionalidad”, afirman en su artículo.

Lo que no se atrevieron a asegurar tras esos doce meses de paciente registro de bostezos es si el resultado es que, a la postre, la familia y los amigos acaban resultando tremendamente aburridos. O si se debe a aquello de que “donde hay confianza da asco”.

 Lara de Miguel, limnóloga

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