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Vivir en comunidad agudiza el ingenio, tanto como el tamaño del cerebro. La convivencia en grupo determina la necesidad de establecer reglas sociales para la estabilidad del grupo, pero también marca el desarrollo de actitudes o caracteres que solo son propios de los animales sociales más avanzados, como el sentido de la vergüenza, la hipocresía, o el sentido de lo correcto o lo políticamente incorrecto.

Hasta ahora, los investigadores acostumbraban a medir el grado de inteligencia de las diferentes especies en función del tamaño de su cerebro y se consideraba que aquellas que muestran mayores habilidades sociales —lo que se denomina inteligencia colectiva— lo hacen debido a esa evolución cerebral. Pero parece que el tamaño de la comunidad puede resultar un factor a tener en cuenta.

A mayor inteligencia se alcanza un mayor grado de sofisticación en los comportamientos de los animales. Normalmente, el colectivo exige unas reglas para el correcto funcionamiento del mismo, como la existencia de un macho dominante o macho alfa del cual dependía el resto. El respeto al jefe conlleva una serie de privilegios a la hora de tomar decisiones, de cazar, del reparto de la comida y, cómo no, a la hora del apareamiento y perpetuación de la especie.

A medida que evolucionan, las interacciones entre el grupo se van haciendo más complejas. Por ejemplo, comportamientos como robar comida a la espalda o a la cara, característicos de la mayoría de los primates, determinan la importancia que estos grupos otorgan a ciertas actitudes sociales.

Con esta variable —actuar a cara descubierta o con tretas de simulación—, un equipo de investigadores norteamericanos intentó demostrar que las teorías de la inteligencia social están influidas por los tamaños de las comunidades donde viven los individuos; es decir, que aquellos simios que viven en comunidades más grandes acaban desarrollando mayores habilidades sociales.

El experimento se desarrolló en la Universidad de Duke (Carolina del Norte, EE UU) y analizó los modos de comportarse de diversas especies de lémures. Concretamente a 60 individuos de seis especies diferentes, para ver si eran más propensos a robar comida cuando se sentían observados.

Los que habitan en grandes grupos, como el Lemur catta, resultaron más sensibles a las señales sociales y practicaban sus robos con más discrección, mientras que los de las especies de pequeñas comunidades resultaron ser más descarados.

Para los científicos, estos resultados apoyan las teorías de la inteligencia social; es decir, que la vida en grandes comunidades obligó a los individuos de estas a evolucionar en términos de cognición. Pero además, este tipo de investigación derriba la idea de que el desarrollo de la inteligencia se soporta solamente en el tamaño del cerebro. De hecho, las especies de lémures que evolucionaron hacia una inteligencia más social lo hicieron sin aumentar el tamaño de su cerebro.

Una vez más, estudiando a las especies más cercanas a nosotros, encontramos guías que nos muestran el camino que seguimos los humanos y que el ambiente resulta tan determinante como la genética.

Lara de Miguel, limnóloga

 

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