silly

Una de las pruebas de que nos consideramos —los humanos— en el epicentro mismo de la evolución —o de la creación, para quienes así lo prefieran— es una coletilla que, a fuerza de repetirla, se ha hecho realidad: sólo utilizamos una pequeña parte de la potencialidad de nuestra mente. Es decir, que sólo desarrollamos una pequeña parte de nuestro cerebro.

La leyenda urbana se ha extendido de tal modo que algunos se atreven incluso de ponerle una cifra porcentual a este desarrollo. Afortunadamente, no todos somos así, y haciendo gala de mi escaso desarrollo cerebral me atrevo a formular una serie de consideraciones a quienes han alcanzado un mayor nivel de… (y no digo lo que pienso).

La primera que me asalta es por qué nosotros y no el resto de los animales. No tiene mucho sentido ni rigor científico afirmar que los perros o gatos —por ejemplo y por circunscribirnos a nuestras mascotas— sí alcanzan su plenitud en el uso y disfrute de sus neuronas y en cambio nosotros no.

En segundo lugar, una afirmación de tal calibre resulta absurda en su propia formulación. Si solo utilizamos una parte de nuestro cerebro, eso quiere decir que el resto nos sobra. Parece que no. Y a una sencilla prueba me remito. Si el territorio útil fuera una parte, podrían amputarnos el resto y nuestra vida no sufriría modificaciones. En cambio, cuando sufrimos un accidente, vamos cuando nos golpeamos en la cabeza, los daños causados nos provocan lesiones irreparables.

Ergo, utilizamos todas y cada una de nuestras capacidades. Eso sin contar que reputados científicos aseguran que a lo largo del día nuestra mente se encuentra a pleno rendimiento, que la máquina echa humo del nivel de revoluciones que alcanza.

Entonces, a qué puede deberse ese topicazo. Humildemente, creo que a una sencilla confusión del todo con la parte y a las diferencias en el cociente intelectual que alcanza cada individuo de nuestra especie. Ciertamente, el cerebro humano supone uno de los retos más apasionantes en lo relativo a la ciencia. Representa una auténtica caja de Pandora donde queda mucho que investigar y que conocer. Día a día se publican numerosas investigaciones en revistas de neurociencia que explican cómo se organiza esa autopista de conexiones que supone la red neuronal y cómo en función de su interacción se producen determinadas hormonas que acaban influyendo en nuestro comportamiento, nuestro carácter y nuestra manera de relacionarnos con el entorno.

Que falten muchos secretos por desentrañar es una afirmación que no necesariamente implica la falta de uso de una parte de nuestro cerebro. De hecho, las técnicas de diagnóstico por imagen demuestran habitualmente lo contrario.

Y por último, menudo consuelo más barato y ejemplo de evolución más torpe seríamos si resultara que, tras unos cuantos miles de años de existencia como especie, se demostrara que como individuos apenas dejamos que desear y somos los más tontos de la cadena.

Enrique Leite

Anuncios