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Los occidentales nos hemos salido con la nuestra —o con la suya vaya usted a saber— y hemos proscrito el tabaco casi definitivamente de lugares públicos concurridos. Sus detractores afirman sin mayor rubor que no solo hemos ganado en salud —lo que es cierto— sino también que ha desaparecido de nuestro hábitat diario el molesto e incómodo olor del humo del tabaco que se pegaba a la ropa como un parásito.

No hace mucho tiempo, por estos derroteros transcurría una amena conversación de sobremesa —en un local libre de humos, por su puesto—. Y lo hacía con tanta unanimidad en los comentarios que, llegado a este punto de tal coincidencia, no pude evitar la tentación de abstraerme, ensoñar y poner a trabajar a mi nariz. Ciertamente, en el local no había atisbo de ese hasta hace poco detestable aroma a tabaco en combustión, pero como en las malas experiencias, su lugar había sido rápidamente ocupado por otro tipo de fragancias.

Y no me refiero al tradicional olor a fritanga de los figones patrios, sino a otros tan vulgares como el propio olor a la cerveza —a la cebada fermentada— o el vino y, cómo no, al intransferible olor corporal que desprendemos los humanos y que antes quedaban perfectamente camuflados por el arrollador humo. Paradójicamente, me preguntaba, nadie ha alzado la voz para que, una vez suprimido el aroma a cigarrillo, también se haga lo propio con el resto de los perfumes. Y desde estas páginas animo al lobby de los prohibidores a que lo hagan… Y allá va un argumento más o menos científico… Que los locales huelan bien provoca que estemos de mejor humor, nos anima a repetir la experiencia e incluso hace que la gente baile más (eso, sin duda, contentará tanto a los bodegueros como a los usuarios, ¿no creen?).

Eso ha demostrado un estudio realizado por holandeses. Las pruebas realizadas en el experimento aportaron datos concluyentes: del mismo modo que la combinación de luz y sonido recrean una atmósfera adecuada, añadir un olor determinado incrementa la posibilidad de tener experiencias multisensoriales y activa la producción de hormonas del placer.

Y de los olores seleccionados por los voluntarios, parece que las preferencias se decantan por el azahar como relajante, la menta como estimulante y el agua marina. De hecho, ante el aroma a cualquiera de estas tres esencias, los sujetos reaccionaron bailando más, valoraron más la música y aseguraban haber tenido la percepción de haberse divertido más y, por lo tanto, se mostraban propicios a repetir la experiencia.

Los expertos en marketing, desde hace tiempo, trabajan en este campo. Ya se dieron cuenta de que, además de con la vista, también compramos con las narices. Todo será que acabemos poniendo en bares y garitos máquinas expendedoras de perfumes.

En cualquier caso, a falta de olor a tabacazo, bienvenida sea… cualquier cosa, antes de aguantar al sudoroso vecino.

Enrique Leite

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