OLYMPUS DIGITAL CAMERA 

Como seres sociales, resultamos ser especímenes gregarios. Esa voluntad férrea que manifestamos individualmente de mantenernos firmes en nuestras convicciones se diluye cuando estamos en grupo. Por comodidad o por señas de identidad, como seres humanos practicamos de manera habitual esa vieja máxima de “en Roma haz lo que los romanos”.

Lo llamamos en ocasiones histeria colectiva y en otras efecto contagioso. No hace falta más que una persona abra la boca para que una sucesión de bostezos se abra paso en la sala. Algo parecido ocurre con la risa, que acaba convirtiéndose en carcajada coral cuando asistimos a un espectáculo cómico, aunque al salir nos preguntemos de qué  nos estábamos riéndonos, si el chiste en cuestión no nos hizo ninguna gracia, o con la sucesión de aplausos con los que obsequiamos a artistas o conferenciantes cuando estamos en grupo.

El asunto puede resultar tan obvio que intentar darle una explicación científica resulta hasta tedioso… Ahora bien, si estamos ante comportamientos previsibles, seguro que son fenómenos que se pueden medir o cuantificar y analizar si obedecen a una lógica matemática.

Si fuera así, habríamos dado con una piedra filosofal de cómo manipular la conducta humana. No se si esté fue el argumento, u otro parecido, que guió a un grupo de matemáticos suecos, quienes diseccionaron los aplausos, de manera secreta, de un grupo de estudiantes mientras asistían a una conferencia.

Matemáticamente, los resultados del estudio mostraron que las personas en el público no hicieron una elección independiente sobre lo buena que era la charla para luego aplaudir un determinado número de veces. Muy al contrario, respondieron de forma previsible a la presión social a su alrededor y al volumen de los aplausos en la sala.

Los investigadores comprobaron que trascurridos menos de un segundo desde que el irrumpiera el primer aplauso en la sala y en vista de su continuidad, el resto de la sala se puso a dar palmas al unísono y sin excepción. El sonido era atronador tan solo 0,8 segundos más tarde. “El comportamiento se contagia en un grupo como una enfermedad que salta de individuo en individuo hasta que todos los ocupantes de una habitación están infectados”, aclaraban los autores en un artículo que ha publicado la revista Journal of the Royal Society Interface.

Con menos aspavientos científicos y algo más de la astucia que hacen gala los pequeños empresarios, los dueños de los corrales de comedias y de los teatros de medio mundo hace ya algunas centurias crearon una figura: la clac. Eran los encargados de aclamar al autor, jalear determinados pasajes de las piezas y proclamar la histeria colectiva en el auditorio.

Todo sea por contentar a los autores y que el personal salga del espectáculo con satisfacción. Que ya se sabe que quien disfruta repite. Aunque, ahora que lo pienso, no sé si existe algún estudio científico sobre el que se apoye esta frase.

Camino García Balboa, química

Anuncios