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La inteligencia con la que nos ha dotado la evolución nos permite acuñar frases más o menos contundentes, como “no hay mal que por bien nos venga”, “hacer de necesidad virtud” o “en tiempo de crisis cualquier acontecimiento puede mutarse en una oportunidad”. A eso se dedican parte de los científicos e ingenieros: aprender del acontecer diario, obtener conclusiones… En definitiva, estar en condiciones para afrontar los problemas del futuro con las experiencias del pasado.

Recientemente, esta aseveración se ha puesto de manifiesto en Francia, donde más de 200 expertos de todo el mundo se han reunido para intercambiar experiencias en torno a las catástrofes naturales provocadas por los tsunamis o la erosión en lo que se conoce como las dinámicas costeras.

A lo largo de las conferencias y a la vista de los análisis realizados tras las recientes catástrofes de Indonesia, Chile o Japón, afirmaciones como que la primera ola de un tsumani es la más devastadora, por ejemplo, han quedado en entredicho. Del mismo modo, los expertos reunidos coinciden en que falta todavía mucho que aprender sobre las fuentes de los tsunamis y sus modelos de inundación y sumersión.

El oceanógrafo norteamericano Stephan Grilli, considerado como uno de los expertos mundiales de estos fenómenos, es uno de los que piensan que la investigación se orienta precisamente ahora al estudio sobre las fuentes complementarias, que permitirían identificar zonas de riesgo creciente en caso de tsunami, por ejemplo analizando en el suelo los hundimientos pasados.

Otro de los fenómenos que están haciendo cambiar el parecer de los expertos es la erosión de las playas. El 70% de las playas de arena del mundo la padecen y hasta ahora las medidas de protección se centraban en protegerlas con diques, espigones o paredes de cemento. Los avances en ingeniería apuntan hacia otra solución.

Una solución que sea lo más natural posible, es decir, que simule los propios comportamientos de la naturaleza, como por ejemplo sería fortalecer las playas con sedimentos de arena que permitan que la erosión suceda de modo natural.

El experimento se ha probado con éxito en Holanda. Marcel Stive ha diseñado un dispositivo, el Sand engine (motor de arena), que ha demostrado su eficacia en el litoral holandés del sur de La Haya. Según sus promotores, el funcionamiento del motor ha permitido el depósito de veintiún millones de metros cúbicos de sedimento, lo que va a garantizar su permanencia en el litoral 20 años, el tiempo necesario para que la erosión natural lo disperse.

Está claro que nada como poner a la inteligencia a trabajar en comunión con la Tierra.

Enrique Leite

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