morguefile

Nadie da nada a cambio de nada. El amor bien entendido empieza por uno mismo… Si hacemos caso al decir popular, el hombre —y la mujer, por extensión—somos —¿o no?— egoístas por naturaleza. Sin entrar en la discusión sobre si nuestros oponentes masculinos se llevan, en esto del egoísmo, la palma, sin duda cualquiera de nosotros puede tener una opinión sobre este apasionante tema pero hoy abordamos el asunto desde el punto de vista evolutivo.

Según la Real Academia de la Lengua (RAE), el término hace referencia a un “inmoderado y excesivo amor por uno mismo que atiende desmedidamente el propio interés”.  Desde la teoría de la selección natural de Charles Darwin hasta la del gen egoísta de Richard Dawkins, donde se explica la adaptación de los genes para poder sobrevivir de generación en generación, múltiples han sido las interpretaciones acerca de la evolución de las especies. El año pasado, el artículo Determinante cero aseguraba que la evolución beneficia al egoísta. Utilizando el “dilema del prisionero”, fundamentado en la teoría de juegos desarrollada por el matemático John Nash, inspirador de la película Una mente prodigiosa, el artículo presentaba un escenario donde las personas elegían no cooperar  aun cuando esta cooperación les fuera beneficiosa. A dos individuos confinados y aislados en habitaciones y sospechosos de un delito se les oferta por separado una serie de soluciones a su encierro en base a traicionar o no al otro. Curiosamente, si eligen traición pasarán más tiempo en la cárcel que si eligen cooperar y, sin embargo, la táctica óptima es, según este juego, no cooperar.

La teoría de los juegos plantea escenarios en los que sobrevienen circunstancias conflictivas o de apoyo y analiza estrategias en procesos de decisión. Con  esta base, los científicos intentan averiguar qué tácticas o maniobras harán emerger ciertos comportamientos.

Para generar una incógnita de este tipo, bastan dos fundamentos: una situación en la que un ser pueda mejorar sus intereses y la seguridad de que, si todo el mundo hiciera lo mismo, el resultado sería un desastre.

La ultima palabra sobre este asunto la tienen dos biólogos evolucionistas de la Universidad de Michigan (MSU) que han puesto en solfa esta aseveración gracias a otra investigación y cuestionan una estrategia que apoya un mundo lleno de seres ambiciosos y carentes de espíritu altruista. Desafiando teorías anteriores, los científicos sostienen en un trabajo publicado en la revista Nature Comunications que la especie humana se habría extinguido solo con posturas mezquinas.

Los científicos de la USM ejecutaron miles de juegos empleando la computación de alta potencia para detectar que las estrategias no cooperantes no pueden ser evolutivamente factibles. Para estos científicos, la citada estrategia de no cooperación que parece ofrecer ventajas frente a los oponentes cooperantes o altruistas no lo sería tanto para sus contrarios no altruistas, ya que la maniobra solo funcionará si se conoce el carácter altruista del oponente y su resolución en el juego. De otra forma, el egoísta adaptaría sus respuestas ante otro tipo de jugadores. La comunicación es, pues, clave y demuestra que este planteamiento solo funciona si conocemos la decisión del oponente.

En el mundo real esto no suele ocurrir y,  aunque siguieran ganando los egoístas, llegaría un momento en que solo quedarían seres mezquinos  en el mundo y no habría otra forma de evolucionar que el cooperativismo; de este modo los egoístas pasarían a ser cooperantes por pura supervivencia. Así que el egoísmo puede funcionar a corto plazo pero jamás a largo plazo. La evolución nos alecciona en este caso, como en otros,  y castiga —cual justicia divina o cósmica, según cada cual quiera verlo— a los egocéntricos. Esta noticia fortalece mi confianza en nuestra especie pero sobre el carácter altruista del ser humano hay mucho más que decir y eso será en la próxima entrada.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

Anuncios