dolares fuego

Tradicionalmente, los científicos hemos permanecido alejados de una disciplina como la Economía —más allá de preocuparnos por conseguir los fondos para hacer que funcionen nuestros grupos de investigación—. Y quizá por ello se han conseguido en este área tan sonoros fracasos en su capacidad de predicción. Uno de los más significativos, sin duda, el desarrollo de los postulados marxistas que jamás contaron entre sus hipótesis con la posibilidad de que el capitalismo fuera evolucionando. Y que quede claro que no cuestiono su filosofía ni sus ideales, tan solo sus postulados en esta materia.

Afortunadamente, la crisis parece estar dando la vuelta a la tortilla y, del mismo modo que no hace mucho se hizo célebre la frase “es la economía estúpido” relativa a la descalificación de un candidato presidencial estadounidense a otro para demostrar sus escasas luces, a más de un economista afamado y ortodoxo habría que aplicarle “son las matemáticas (o la física) estúpido” para que dejara de refugiarse en sus teorías.

La nula o escasa capacidad de predicción de los economistas se basa, básicamente, en que trabajan sobre modelos de comportamiento que no son reales —cuando no falsos—. Y claro, si basamos el desarrollo de una teoría sobre algo que no es real, por muy imaginativa que resulte la misma, no dejará de ofrecer resultados erróneos.

Pero los tiempos cambian, y del mismo modo que cada día aumenta el número de personas destinadas al mundo de la ciencia —en mi opinión, un desperdicio de talento— que acaban siendo millonarios jugando al póker, también crece el número de físicos y matemáticos que se acercan al mundo de la Economía y que amenazan con revolucionar el panorama. Uno de los casos más significativos es el de Joseph Stiglitz o el de los recientemente galardonados con el premio Nobel Albin E. Roth y Lloyd S. Shapley.

Trasladar al mundo económico modelos procedentes de la Teoría de Juegos o determinar la naturaleza de bien de Giffen de determinados productos de un país puede dar con la clave de una nueva manera de entender las relaciones entre los actores de la cadena productiva o, simplemente, corregir la naturaleza de los mercados.

El caso de los bienes de Giffen quizás es de lo más ilustrativo. Se trataría de determinar cuáles son aquellos productos a los que no estamos dispuestos a prescindir sea cual fuere su precio. Es decir, aquellos que alcanzan la categoría de ser absolutamente prioritarios (aunque esta decisión sea subjetiva) para una sociedad. Por su propia naturaleza, un bien de estas características rompe con las leyes de la oferta y la demanda, pues su valor y, por lo tanto, su precio estarían determinado por su condición. Y si permanece alejado del funcionamiento del mercado, no se le pueden aplicar recetas tradicionales —las del mercado— para orientar su producción. Determinar cuáles son los bienes de Giffen se vaticina como un terreno apasionante. De hecho, es algo que ocupa desde hace algunas décadas a los estudiosos de la evolución y comportamiento de las especies, pero que curiosamente rara vez se aplica a los humanos.

Es un solo ejemplo. Pero esta corriente —la de matemáticos metidos a economistas— no solo vale para la macro, también se pueden aplicar modelos de la Teoría de Juegos a la organización empresarial. Modelos que no solo se oponen, sino que echan por tierra al gran gurú de la organización empresarial John Iacocca, ese que predicaba que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda y que además compitan entre sí en su Teoría de los Contrapoderes (que también forma parte del libro de cabecera de algún político).

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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