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Paciencia. Esa es una de las palabras sobre las que reposa el éxito en Ciencia. Tras un gran descubrimiento llegan años de paciente investigación y desarrollo para que se encuentre su aplicación práctica. Es necesario dar pequeños pasos. Y parece que la luz al final del túnel se ve ya en las investigaciones sobre células madre y la regeneración de tejidos. Ya estamos más cerca de convertirnos en lagartijas y poder reemplazar sin más los huesos defectuosos por otros nuevos creados por nosotros mismos.

La clave en esta nueva investigación radica en una especie de tela de carbón activado que sirve de soporte para que células madre extraídas del cordón umbilical se diferencien, dando como resultado un producto que es capaz de regenerar y crear un nuevo hueso.

La interacción entre ambas posibilita a las células que se diferencien como tejido óseo y se pongan a producir este biomaterial, que al finalizar el proceso será un nuevo hueso artificial, listo para reemplazar al enfermo o con problemas.

De momento, ha funcionado en el laboratorio; es decir que no se han realizado pruebas en vivo. Esa es la siguiente fase, implantar este biomaterial en animales vivos —como conejos o ratones— y comprobar su comportamiento en ellos —si no se produce ningún tipo de rechazo— y si la técnica se ajusta a los objetivos marcados: regenerar tejidos óseos y cartílagos.

Falta poco, pero con todo el rigor y la trascendencia de las aseveraciones científicas, la osteoporosis, el reumatismo, las artitris y, cómo no, las roturas o deformaciones están llamadas a desaparecer de los manuales de problemas de salud de los seres humanos y otros animales. A partir de este material, se podrían fabricar medicamentos cuya finalidad sea la reparación absoluta de lesiones óseas.

La patente ya está registrada, pero como el avance ha tenido lugar en España (en Granada), un lugar de larga tradición en el apoyo a las investigaciones científicas, solo falta por descifrar si existirá el suficiente apoyo financiero para que la técnica se pueda desarrollar en su totalidad. Porque en la vida no sólo es importante haber nacido en la parte del mundo oportuna —la que se autodenomina desarrollada—, sino también resulta básico haber caído en suerte y que te toque un país que quiera realmente progresar o que se conforme en ser una nación de constructores y camareros.

Está claro que, además de la paciencia y el tesón que se les intuye a los que se dedican a la ciencia, también es fundamental contar con otro factor: el factor suerte.

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