pedrojperez

Somos química y a ella le debemos la vida. Pero el problema es que también por ella podemos desaparecer. Cada año los europeos —solo nosotros— hacemos crecer la lista de sustancias químicas que se vierten al mar y que son la principal fuente de contaminación de las aguas. Ya están catalogadas cerca de 30.000 sustancias que se producen de manera industrial y cuyos residuos acaban diluidos en el mar repercutiendo negativamente en los ecosistemas —en superficie o sumergidos— donde se depositan.

Por ello, en el último documento elaborado por el Marine Board y la Fundación Europea de la Ciencia (ESF), se señala la necesidad de redoblar los esfuerzos en lo relativo a la vigilancia y la reglamentación de los contaminantes químicos hallados en los mares de Europa.

En el informe, titulado Monitoring Chemical Pollution in Europe’s Seas: Programmes, Practices and Priorities for Research (Vigilancia de la contaminación química en los mares de Europa: programas, prácticas y prioridades para la investigación), se realiza una instantánea de los marcos normativos y los programas de vigilancia que existen en el continente europeo. Los autores subrayan que existen carencias significativas, que no abarcan en su totalidad los contaminantes potencialmente dañinos y, sobre todo, que la legislación está bastante retrasada en el uso de nuevos productos químicos de uso industrial reciente. 

Por ello, si no se alcanza un mayor grado de cooperación, coordinación y armonización entre las labores de seguimiento realizadas en la actualidad, estamos abocados al desastre. El problema, sin duda, es político y no solo científico, porque además de poner las leyes en orden también es necesario poner en marcha procedimientos comunes más sofisticados para la evaluación del riesgo medioambiental y más integrados con el fin de determinar los efectos de las sustancias químicas en los distintos sectores de los ecosistemas costeros y en alta mar.

Los controles que se aplican hasta ahora se basan, según el informe, en medir la concentración de sustancias químicas en el agua, pero no resultan los suficientemente sofisticados para detectar la presencia de todas las sustancias y, sobre todo, son poco eficaces para conocer los verdaderos efectos sobre las personas y los ecosistemas. Por ello, recomiendan aplicar métodos más completos y fiables que arrojen una visión más real de lo que está pasando con esos vertidos.

Por último, el documento señala que existe “un nivel de concienciación muy limitado” de estas presencias nocivas para nuestra salud, pesar de que las encuestas indican que la contaminación se aúpa a los primeros puestos de los ránkings cuando se pregunta a los europeos por la salud del medio ambiente marino.

Y una vez dibujado este panorama un tanto apocalíptico cabe preguntarse: ¿veremos las orejas al lobo o esperaremos a comprobar cómo de una dentellada se nos acaba la vida?

 Camino García Balboa, química, y Enrique Leite 

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