OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Si hiciéramos una encuesta sobre las colas de saurio más famosas, seguro que la mayoría tiraría de imaginario infantil y, en función de la edad, optaría por las que aparecen en las historietas de Pedro Picapiedra o la de Dragona, la novia dragona de Burro, el compañero de andanzas de Shrek, y madre de una descendencia de cinco burridragones (bueno los más pijos seguro que ponen la cruz en el logotipo de esa marca en su día de prendas deportivas vinculadas al tenis). Pero si cambiamos el enunciado y lo que preguntamos es por las más importantes, seguro que las mentes se quedan un buen rato dando vueltas por el limbo.

Pero esa respuesta en vacío no es preocupante. Poca gente lo sabe. Se trata de la de los cocodrilos que habitan en una charca en medio del desierto del Sahel, en Mauritania. Gracias a su cansino y acompasado movimiento, es posible la vida en este inhóspito lugar.

La Güelta de La’Entreuka es un pequeño estanque que se haya a 500 Km de la fuente más próxima que se nutre de los depósitos de agua que se almacenaron en el subsuelo de este paraje, hace 15.000 millones de años. Entonces el Sáhara era una selva llena de afluentes que desembocaban en el río Senegal. Es una charca de color verde intenso, cuyas aguas presentan una viscosidad propia de un ambiente muy rico en microalgas.

Las responsables son una cianobacteria y dos clorofitas que pasan por ser las microalgas más productivas de la Tierra. Entre las tres son capaces de producir 150 gramos de biomasa fresca por metro cuadrado y día; es decir, más de 20 toneladas al año. Una rica fuente de nutrientes.

Gracias a esta productividad, las aguas de la charca albergan en su seno varios millones de tilapias, unos pececillos de agua dulce que pueden alcanzar los 200 gramos de peso. Estos pequeños peces, a su vez, son el alimento de una colonia de 80 cocodrilos que viven plácidamente en medio del desierto (en términos de alimento, les proporcionan tres toneladas de carne al año).

Un ciclo de vida que no sería posible sin los cocodrilos, y no porque estén en la cúspide de la cadena trófica evitando la superproducción de los peces. De hecho, este ecosistema funciona como un quemostato natural gigante o un biorreactor: un sistema de producción que mantiene un ambiente biológicamente activo donde se cultivan, entre otros organismos, microalgas, obteniendo altos niveles de productividad. En estos aparatos de laboratorio o industriales, la transferencia de oxígeno y la mezcla de los nutrientes que permite, en este caso el crecimiento de la cianobacteria y las clorofitas, se realiza por agitación del agua.

Los cocodrilos, animales normalmente tranquilos, pasan largas horas sumergidos en la profundidad de la charca. Desde el fondo, su movimiento de cola agita las aguas de manera continua, evitando que el sistema sea anóxico, es decir que se quede sin oxígeno y por lo tanto se interrumpa la transferencia. Estas turbulencias también permiten que las microalgas alcancen la superficie —de lo contrario, se aplastarían contra el fondo y morirían—, puedan realizar la fotosíntesis y reproducirse.

Sin pretenderlo, los cocodrilos descubrieron una de las tecnologías que se aplican en la actualidad para la producción de biomasa prodecente de las algas (de la que se obtienen biocombustibles y numerosos nutrientes de aplicación en la industria de los fertilizantes y abonos, así como para el consumo humano).

En el mundo se producen casi 10 millones de toneladas de microalgas al año y la biomasa se ha convertido en una alternativa real a las fuentes energéticas tradicionales y como potencial fuente de materia prima para las industrias de alimentación, fertilizantes y laboratorios farmacéuticos.

Argumentos no faltan para que consideremos a estas colas de saurio como de las más importantes del planeta.

Victoria López-Rodas y Eduardo Costas, catedráticos de Genética, y Enrique Leite

 

Anuncios