pavimento

Puestos a imaginar el futuro, lo ideal pasaría por que la tecnología que desarrollásemos los humanos fuera lo suficientemente inteligente y que se ajustara a nuestras necesidades. Una cocina que leyera que tenemos hambre y se pusiera calentar o a preparar los alimentos o un aparato que acondicionase la temperatura de nuestro domicilio en función de nuestras apetencias del momento.

Y no crean que ese panorama ideal dista mucho de las preocupaciones de ingenieros e investigadores. Genéricamente, se llama domótica y, de cuando en cuando, salones y ferias nos obsequian con adelantos de cómo serán esas casas del futuro. Pero el panorama de crear materiales inteligentes va algo más lejos de las cuatro paredes de nuestro hogar.

Por ejemplo, en estos tiempos de cambio climático y de niveles de contaminación por encima de los máximos tolerables —o que debiéramos considerar como tales— situar el punto de mira en absorber estos desechos contaminantes es una línea no solo inteligente, sino llamada a generar un nicho de mercado interesante en términos económicos. Unos grupos de investigadores se decantan por avanzar con el uso de materiales orgánicos para tal cometido, son los biotecnólogos que se ocupan de la biorremediación, y otros acuden a técnicas más clásicas o convencionales.

En cualquier caso, ambos juegan con un elemento: la capacidad de determinados elementos químicos —bien provocados en el interior de las células de organismos vivos o bien creados en el laboratorio— para absorber esos contaminantes.

Uno de los últimos avances presentados por la Fundación Cartif, aunque todavía esté en fase de proyecto, es la utilización del dióxido de titanio (TiO2) para absorber el óxido de nitrógeno que produce la polución de los carburantes. Añadido a los pavimentos asfálticos, el dióxido de titanio, en contacto con la radiación solar, produce una fotocatálisis que, sin entrar en demasiados vericuetos técnicos, da como resultado que ese asfalto capture en su interior esos contaminantes y los transforme en otros productos. Luego, la lluvia hace lo demás. Arrastra esos nuevos materiales y los lleva a través de las alcantarillas de las ciudades a las depuradoras, donde con el debido tratamiento se elimina. El óxido de nitrógeno queda fijado como una sal en el pavimento, que tras pasar por la depuradora es inocua.

El material ha sido probado con éxito en el laboratorio y ahora se van a comenzar las pruebas in situ; es decir, se va a asfaltar con este pavimento algunas calles de Madrid y se van a colocar unos sensores para medir los niveles de la calidad del aire y comprobar si realmente se consigue una reducción de contaminación.

Al final, como casi todo, es cuestión de poner a la inteligencia a trabajar en los caminos adecuados para hacer compatible el desarrollo económico con el respeto al medioambiente. ¿No creen?

Camino García Balboa, química, y Enrique Leite

 

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