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 Ya  hay base científica que demuestra que, salvo en las  novelas picarescas y otras perlas con que nos obsequia la ficción, aquello de que el hambre agudiza el ingenio no es exactamente así. Según un estudio publicado en la revista Science, la pobreza, y cuantos quebraderos de cabeza acarrea, precisan tal energía mental que quienes la padecen se sienten atenazados por ella y ven menguada su capacidad de determinación en otras áreas de la vida. Esta merma en la función cognitiva se debe al esfuerzo constante que efectúan las personas con problemas financieros acuciantes y cuya consecuencia  es ver debilitados sus “recursos mentales”.

La investigación, en la que han participado las universidades  de Princeton y Cambridge (EEUU) junto con otros centros ingleses y canadienses, aporta una visión nueva sobre el fundamento de la pobreza persistente. Según este dictamen, las personas carentes de recursos son susceptibles de cometer errores en la toma de decisiones que empeoraran su ya difícil situación económica. Según los científicos, la función intelectual de un individuo se verá afectada por esta tensión continua y perderán capacidad para centrarse en  asuntos  como la educación, la competencia para el trabajo o la gestión del tiempo, que pudieran mejorar su situación. Para demostrarlo, se realizaron dos exámenes en escenarios diferentes. El primero tuvo como decorado un centro comercial situado en Nueva Jersey (EE UU) y el segundo se desarrolló en el marco de dos distritos agrícolas de la India.

En el primer caso, se propuso a 101 compradores del centro comercial  una serie de incógnitas financieras de índole común, como es el  pago de la reparación de su  automóvil. Al mismo tiempo que consideraban el problema, los protagonistas del estudio realizaban una serie de tareas sencillas que eran seguidas por computadoras para evaluar su función cognitiva. Cuando el hipotético coste del arreglo era elevado, aquellos participantes con peores recursos económicos obtenían peores resultados en el examen que si el coste era menor. Sin embargo, los que disfrutaban de mayor poder adquisitivo ejecutaron las pruebas con el mismo rendimiento. Los expertos afirman que, ante situaciones poco exigentes, la ejecución de las pruebas era igual en ricos y pobres. “Solo cuando los escenarios financieros exigen más atención los pobres obtienen peores resultados que los acomodados en las mismas pruebas”, señala Eldar Shafir, coautor del estudio e investigador de la Universidad de Princeton.

Del otro ensayo elaborado en la India se extraen las mismas conclusiones. Los campesinos de cultivo de caña de azúcar fueron sometidos a una serie de pruebas, antes y después de recibir el cobro de sus cosechas, obteniendo peores resultados antes de la percepción pecuniaria. Según el análisis, el detrimento provocado por el “estrés financiero” es comparable a una disminución de la función cognitiva de unos 13 puntos en el coeficiente intelectual, o similar a perder una noche de sueño. “Los pobres están obligados a cometer más errores y pagar más caro por dichos errores”, señala Shafir. A raíz de los datos, los científicos proponen como solución dotar a estas personas de unos ingresos regulares, en contraposición con los esporádicos con que subsisten, que permitan aliviar su carga intelectual. ¡Digna propuesta!

Y yo me pregunto si estas consideraciones, con las actuales condiciones salariales y laborales que afronta gran parte de la población, no serán extrapolables al quehacer diario de aquellos trabajadores acuciados por la precariedad. Y en caso afirmativo, ¿no podrán incidir en las decisiones que diariamente, quien más quien menos, debe tomar en sus puesto de trabajo? Aunque  solo sea por eso, merece una reflexión de quien competa.

 Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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