monogamia

Hoy toca hablar de un asunto que seguro será objeto de polémica y de controversia: la monogamia. Para algunos irreductibles resulta algo contra natura en el mundo animal, mientras que para otros resulta el pilar de la vida en pareja. Sin ánimo de entrar en disquisiciones éticas, evolutivamente tiene una explicación, y posiblemente sea un tributo a pagar por pertenecer a una especie más desarrollada.

Ciertamente, los argumentos de sus detractores son de peso. La mayoría de los animales no la practican y la mayoría de los machos no solo se desentienden de su pareja tras la cópula, sino también de los vástagos frutos de la misma. Incluso pueden llegar a practicar el infanticidio. Porque, ya se sabe, cuando se trata de la supervivencia, no hay lazos familiares que valgan.

Y ahí parece estar la clave del porqué algunas especies —incluida la humana— optan por emparejarse de por vida. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences asegura que esa podría ser la causa de la monogamia en los primates. Los investigadores afirman que con ella, los machos se vuelven más propensos a cuidar de sus descendientes, y no sólo del ataque de otros machos, sino también se ocupan de procurarles alimentación para que se críen en condiciones de llegar a adultos.

Es decir, que evitar la muerte de las crías hace que determinadas especies se especialicen —cosas de la evolución, oigan— en una vida en común que les otorgue una mayor protección a los peques y, por lo tanto, les da más tiempo para que crezcan de manera natural desarrollando todas sus potencialidades. Lo que en definitiva viene a garantizar la continuidad de la especie.

De hecho, el estudio realizado en primates pudo demostrar que prolongar la infancia de los más pequeños compartiendo las tareas —entre machos y hembras— otorga una ventaja para las madres, ya que al dividir sus tareas como mamás pueden tener más tiempo para reproducirse. Ya saben, es un juego que suma cero… el tiempo destinado a la crianza resulta incompatible con el dedicado al sexo y a la reproducción. Así que si se ocupa menos tiempo para el primero, habrá más tiempo para el segundo.

La teoría está servida. Seguro que como todas las que se formulan desde postulados científicos será revisable y discutible, pero no me negarán que resulta bastante sólida. Y con independencia de lo que piense cada uno sobre este asunto, parece innegable que el ser infiel por naturaleza resulta a priori algo más egoísta o preocupado por su propio bienestar individual que inclinado a pensar en el de sus descendientes.

Pero casi mejor que opinen ustedes que, si no, acabaré metido en un jardín.

Enrique Leite

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