pecho

Si ponemos sobre el tapete los diferentes elementos que forman la anatomía femenina, me apuesto con ustedes una cena con la seguridad de que no la pagaré a que la población masculina se decanta mayoritariamente por los senos. Y si ahondamos un poco más, seguro que se le ponen los ojos golosos si a esa preferencia le añadimos el apelativo de grandes. Ya lo dice el refranero castellano: “Burro grande, ande o no ande”… Y que cada quien aplique lo de grande o lo de burro a voluntad.

No solo el vocablo cuenta en nuestra lengua con una gran cantidad de sinónimos —de los más elegantes a los más burdos— que me evito enumerar, sino también una serie de giros o frases hechas que casi siempre abundan en lo mismo: sensaciones placenteras o indicativos de que el sujeto se lo está pasando teta… Uy, perdón por el lapsus.

Han inspirado poemas, canciones, libros, películas… y, cómo no, también estudios científicos. Todo un material dedicado a glosar a esas protuberancias que en el caso de los humanos y por mor de la evolución, que nos obligó a elevarnos sobre nuestras patas, las dejó al descubierto para deleite de los voyeurs.

Y no está mal dedicarles las atención que merecen, pero de ahí a destinar tiempo y esfuerzos de los sesudos científicos para justificar el porqué de que su gran tamaño nos seduzca de manera proporcional me parece, sinceramente, una exageración. Incluso un desatino.

El último informe que ha caído en nuestras manos justifica o explica ese interrogante de por qué a ellos les gustan grandes en base a algo tan sagrado como la provisión de reservas calóricas y en función del estatus social. El estudio fue publicado en marzo en la revista Plos One.

Investigadores británicos y malasios quisieron comprobar las preferencias masculinas y solo se les ocurrió poner a prueba a las cobayas a base de fotografías de mujeres con grandes pechos al descubierto y otras dotadas con menos generosidad por la naturaleza. Y comprobaron cómo a medida que descendía la renta de los mirones, aumentaba su gusto por los pechos grandes.

Y, dicho y hecho, relacionaron estas dos variables para concluir que los pobres se decantan por las grandes porque significa un síntoma de mayor salud y de contar con mayores reservas para aguantar los periodos de vacas flacas.

No satisfechos con su experimento, extendieron su prueba a habitantes de otros continentes, en este caso a hijos de la Gran Bretaña… et vóilá, la respuesta fue similar. Así que, si estamos ante respuestas similares, es evidente que existe un patrón común.

Ahora bien, no me consta si preguntaron a los sujetos que se sometieron al experimento si eran consumidores habituales de tv, internet o cine.

Seguro que sí… y en ese caso encontrarían otro patrón común: la globalización de la cultura dominante (la yanki por supuesto) nos iguala en todos los continentes y, no en vano, por tierras norteamericanas lo del gusto por los bustos prominentes viene de lejos (no olviden que son los precursores de las pin ups, de Playboy…) y que es uno de los países donde se practican más las operaciones estéticas para el aumento de senos. De hecho, la talla media en Estados Unidos ha pasado de ser una 34B en 1990 a una 36C.

Bondad curiosa, a lo que se dedica el género humano.

Enrique Leite

Anuncios