mujer bonoba

No pretendemos ponernos estupendos, pero eso de “que tiran más dos… que dos carretas” no se aleja mucho de la realidad, al menos entre los bonobos, los parientes más cercanos a los humanos, y que las armas de seducción resultan mucho más poderosas que el recurso a la fuerza física. O lo que es lo mismo, que tiene mucho más efecto un cariño o un lucir cuerpo para torcer voluntades que golpearse el pecho con las manos o lanzar aterradores aullidos intimidatorios.

Estos primates —los bonobos— viven en comunidades matriarcales; es decir, con un dominio absoluto de las hembras sobre los machos. Resulta curioso, porque ellas, como ocurre en el reino animal mamífero, son más pequeñas. Es decir, se ha invertido ese axioma donde los que cuentan a su favor con un mayor tamaño —ellos— poseen una mayor fuerza física que se traduce en convertirse en los individuos dominantes.

Hasta ahora se pensaba que ese matriarcado estaba regido por la capacidad demostrada de asociación entre el personal femenino para defenderse de las acometidas de sus compañeros. Pero no, parece que esa capacidad de mando, o de mayor estatus social si lo prefieren, tiene más que ver con su atractivo sexual que con la máxima de “la unión hace la fuerza”. Un estudio sobre el terreno –en este caso en comunidades de bonobos que viven en el Parque Nacional Salonga, en el Congo— ha probado este aserto.

Los investigadores comprobaron que en situaciones de tensión, es decir, cuando el colectivo se altera ante el ataque de uno de los machos —o varios—  a una compi o se pelean entre ellos, las hembras aplacan ese ardor guerrero exhibiendo sus genitales inflamados (un signo que indica que fecundidad).

Ante semejantes insinuaciones, los aguerridos machos olvidan sus ansias de pelea y se concentran en obtener los favores de la bonoba, algo que por cierto, si pertenece al género masculino, comprenderá perfectamente, porque por mucho que pelear esté bien, no hay nada como marcarse una conquista femenina.

Los bonobos representan una especie curiosa en sus pautas de comportamiento respecto a otros mamíferos. Se cree, además, que ese estatus dominante de las hembras se ha ido sedimentando a lo largo de la evolución, ya que ellas se han ido decantado por los individuos menos agresivos a la hora elegir compañero para perpetuar la especie, una circunstancia que, evidentemente, ha perjudicado el desarrollo de los más fuertes o agresivos.

Desde luego, ambas tácticas —lo de evitar las peleas y elegir a los genéticamente menos bravucones— resultan una buena enseñanza para otros que nos colocamos en la mismísima cúspide de la pirámide de mando animal.

Enrique Leite y Eduardo Costas, catedrático de Genética

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