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Los que tenemos mascota sabemos bien el tiempo que nos ocupan y preocupan nuestros pequeños amigos. Y no solo me refiero a los minutos que les dedicamos para que tengan una calidad de vida aceptable. Pero vamos al grano. Hoy me quiero detener en algunos tópicos que se se han instalado en torno a esa vida de mascotero que realmente no se por qué se han incrustado como se pega el arroz quemado a la sartén.

Uno de ellos, cuando hablamos de perros, gira en torno a su alimentación: que si es mejor alimentarlos con piensos o con comida natural. De entrada, conviene recordar lo obvio: los canes son animales carnívoros —es decir, han nacido para comer carne— que se han adaptado a una alimentación mixta en su proceso de domesticación por el ser humano. Y del mismo modo que nadie se plantea si un león tiene una alimentación equilibrada solo porque come carne, tampoco debiera hacerse con ellos.

Pero como somos como somos, al final los hemos dotado de características humanas y de ahí los debates en torno al equilibrio de su dieta. Pero ninguno, ni los cocinillas partidarios de hacerles sus platillos calientes ni los vaguetes que prefieren abrir y cerrar el saco, vemos que esos problemas se los hemos creado nosotros al adaptarlos a un tipo de dieta para el cual no han nacido. Defensores y detractores de la comida natural o del pienso basan su argumentación en la dieta, pero casi ninguno es capaz de mirarse al ombligo y entonar el mea culpa.

Además, en este debate se utilizan argumentos tan humanos como el del paladar canino. Que si a ellos les da igual porque no tienen desarrollado el sentido del gusto o, por el contrario, que pobres bichos que los sometemos a la tortura de comer cada día unas croquetas secas que son indigeribles.

El caso es que según algunos profesionales del ramo, veterinario se entiende, definen que el precio que están pagando nuestros mejores amigos por habernos elegido como compañeros de viaje son cerca de noventa patologías caninas directamente relacionadas con su mala alimentación (o sea, la que les procuramos nosotros y no la que debieran agenciarse por sí mismos si fueran animales salvajes).

También es cierto que no todo son problemas, que gracias a estar con nosotros los canes se han beneficiado de nuestra atenta mirada y sobreprotección, que se traduce en que son objeto de más y mejores estudios que el resto de los animales salvajes. Y esa atención ha redundado en contar con médicos propios, haber erradicado enfermedades específicas y en un aumento en su calidad de vida (viven más años y en mejores condiciones).

Pero volvamos al asunto de la pitanza. Que cada maestrillo aplique su librillo y cada cocinero su receta. Tan solo una recomendación: si es de los que piensa que si la naturaleza los creó salvajes deben de mantener un cierto componente natural en su dieta, tres quintas partes ha de estar formada por proteínas (carne, pero no de cerdo o conejo), y las otras dos quintas que sean hortalizas crudas (eviten los tomates, la cebolla y los pimientos) y cereales. Ah y, que sepan que toleran la fructosa (el azúcar de la fruta) pero no el azúcar en forma de pastelillos o chocolate.

Por cierto, si se decanta por esta fórmula, no se extrañe de que beba menos cantidad de agua. Palabra de aspirante a veterinaria.

Lara de Miguel, limnóloga

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