barba

Donde hay pelo hay alegría, o al menos eso parecía. Porque, como todo lo que tiene que ver con los humanos, depende en gran medida de los patrones culturales —puede leerlo como moda— al uso. El caso es que desde siempre, podríamos afirmar sin tapujos, la presencia de vello facial —barba, bigote, perilla— en los especímenes machos es objeto de clichés estéticos y arduos debates que determinan si han de hacer uso de la maquinilla de afeitar o, por el contrario, pueden dejar crecer el pelo.

La barba es uno de los elementos que subraya el atractivo masculino, y ya sabemos que de eso, del atractivo, dependerá nuestro triunfo como conquistadores. En este caso, situándonos en pleno siglo XXI y pasando por alto los gustos a través de la historia y de las religiones, que cambiantes lo han sido un rato, ¿qué dice la ciencia sobre este particular asunto?

Lo primero, lo obvio: el pelo es un elemento que influye a la hora de considerarnos como atractivos. Pero centrémonos solo en el de la cara. Una investigación, publicada en Evolution and Human Behavior, consideró varias variables: atractivo, salud, masculinidad y paternidad. Y lo hizo también teniendo en cuenta que la mirada femenina, cuando evalúa a los hombres, varía dependiendo de su ciclo menstrual o del uso de anticonceptivos —por aquello de que las hormonas y su actividad pueden predisponer a la hora de juzgar, ya saben—.

Y con estas premisas, los resultados del estudio evaluaron un ranking. Así, los portadores de una barba cerrada y hecha trasladan una imagen, y por lo tanto una valoración mejor, como potenciales buenos padres y defensores de la progenie. Es decir, están mejor dotados para la crianza. En cambio, si reducimos la densidad del vello facial, aumenta el atractivo en términos de masculinidad. Sin embargo, el uso parcial de pelo (perilla o bigote) o su ausencia nos resta gancho entre el personal femenino.

Teniendo en cuenta las peculiaridades de las féminas (durante la fase de fertilidad del ciclo, el atractivo no parece afectarlas, pero sí esas posibles dotes para la crianza), los investigadores concluyeron que los hombres con barba de diez días resultan más del agrado de ellas, que los lampiños pierden fuerza y que los peludos quedan aparcados en ese papel de padre.

Tomando buena nota de sus conclusiones, no dejamos de preguntarnos si es una cuestión de fuero o de huevo. Porque, con animus jocandi, no deja de ser curioso que estos estereotipos en torno al atractivo de los hombres se correspondan como dos gotas de agua a los que día a día nos presentan los publicitarios en sus spots o al prototipo de actor de moda.

¿Será entonces que la publicidad influye en la ciencia? Dejemos el interrogante para otro artículo.

Enrique Leite

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