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Pasado el verano, seguro que han percibido que con la canícula los mosquitos se han vuelto más pesados que nunca y a duras penas hemos podido salvarnos de sus ataques. Es como si fueran inmunes a los insecticidas. Parece que, del mismo modo que todos los años nos preparamos para la nueva oleada de gripe, habría que hacerlo para combatir a estos molestos insectos.

Y no esta mal encaminado el razonamiento. Investigadores británicos y suecos han descubierto que los mosquitos heredan la resistencia al repelente más común: el DEET (N,N-dietilmetatoluamida), un repelente químico que se viene usando desde hace cincuenta años con resultados satisfactorios y que se usa de manera tópica aplicándolo sobre la piel o la ropa para evitar las picaduras tanto de garrapatas como de mosquitos.Desde luego, se trata de organismos más complejos que los virus, pero los insectos están probando que son capaces de mutar de manera rápida y sobrevivir a su peor pesadilla: los humanos. Unas mutaciones que se producen de manera espontánea y que permiten a sus portadores multiplicarse ajenos al uso de productos químicos.

La investigación, publicada en la revista PNAS, ha conseguido demostrar que, al menos en la especie Aedes aegupyti, esta resistencia depende solo de la acción de un único gen dominante, y que basta con heredarlo de uno de los dos progenitores para que la cría sea inmune al efecto del insecticida.

Aunque parezca un hallazgo menor al tratarse de una sola variedad de mosquito, esta resistencia en una sola especie no deja de ser importante, ya que estamos ante uno de los insectos más comunes en América, aunque sea de procedencia africana, y además el Aedes aegypti es el principal responsable de la propagación de enfermedades mortales como la fiebre amarilla y el dengue.

La investigación, además de los elementos genéticos, también les ha permitido encontrar que solo una neurona, situada en la antena, es la que interactúa con el insecticida y su respuesta varía en función de las dosis. Una línea de trabajo abierta que les anima a sus descubridores a intentar averiguar la relación entre los efectos sobre la antena y la insensibilidad al DEET.

Está claro que en esto de hacerse un hueco para seguir vivo en el planeta, cada animal utiliza sus propios argumentos y la genética —una vez más— se pone al servicio de la evolución. Aunque eso sea a costa de que sigamos sufriendo las molestas picaduras.

Enrique Leite y Lara de Miguel, limnóloga

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