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Hace días comentaba, con cierta humildad, sobre el debate de alimentar a su perro con pienso o con comida natural. Y me asombraba con cierta malicia como no hace mucho tiempo en una tertulia de sobremesa un partidario de alimentar a su can con el primero afirmaba sin rubor que a ellos —a los perros— les da igual porque no tienen sentido del gusto. Desde luego, qué cantidad de tontos desinformados se dedican a pontificar sobre lo divino y lo humano.

Cada ser vivo cuenta con ventajas e inconvenientes sobre el resto y cada especie desarrolla sus sentidos de manera diferente. Sin duda, la vista y el gusto no es el más desarrollado en los canes. Ellos utilizan de mejor manera que nosotros el oído y el olfato. Son capaces de captar frecuencias que a nosotros nos pasan desapercibidos —de ahí que sientan antes la llegada de una tormenta o de un terremoto— y son capaces de oler enfermedades que a nosotros nos cuesta mil y una prueba médica para detectarlas.

En cambio, ven peor —tienen otro espectro para captar tanto la luz diurna como nocturna—, lo del tacto lo reducen a la capacidad de su boca y ciertamente no podrían presentarse a un concurso de cata de vinos o de alimentos porque están en franca desventaja. Pero de ahí a dejarlos sin sentido del gusto hay un abismo. 

Así que a los desinformados pero con buena intención les quiero asegurar que los perros tienen papilas gustativas aunque en menor proporción que los humanos (frente a los cerca de 9.000 que habitan en nuestro cuerpo ellos apenas se desenvuelven con algo menos de 2.000; pero tienen bastante más que los gatos, a quienes si les otorgamos ciertas condiciones de gourmets). Aun así, sí diferencian los sabores.

Grosso modo, podemos agruparlas en cuatro categorías: las más abundantes son sensibles a los azúcares, lo que les permite distinguir lo dulce; un segundo grupo de ellas detentan los sabores ácidos; un tercero es sensible a los nucleótidos y a partir de ahí distinguen los distintos sabores de las carnes —y no olvidemos que son estrictamente carnívoros—; y finalmente existe un subgrupo que detecta la fructosa —a los perros les gusta la fruta—.

En cambio, no cuentan con ningún tipo de sustancia capaz de detectar lo salado. Algunos especialistas atribuyen esta falta a que el aporte de sodio lo realizan a través de la ingesta de la carne y de ahí que no hayan desarrollado este tipo de papilas. Por eso, los pobres perros son capaces de beber el agua del mar cuando tienen sed, aunque ello se les acabe volviendo en contra.

Confío que la información destierre falsos tópicos y, sobre todo, que no se utilicen falsos argumentos para defender asuntos tan importantes para nuestras mascotas como es la alimentación que reciben.

Lara de Miguel. Limnóloga

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