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Morir por amor, por la pérdida de un ser amado… qué bonito sentimiento, digno de folletines, de obras literarias reconocidas como Romeo y Julieta y que forma parte de las leyendas, tales como la de los amantes de Teruel o el doncel de Sigüenza. También, de vez en cuando, se abren paso en las abigarradas páginas de los periódicos noticias de algún animal de compañía que padece la desaparición de uno de sus amos.

Pero, sinceramente, creo que hay que ser más abiertos de miras y observar con atención a nuestro alrededor. Comprobaremos que estos comportamientos no solo son extensibles a humanos y animales que somos capaces de domesticar, como perros, gatos o aves. Por ejemplo, los elefantes también sufren por amor.

Estos enormes paquidermos, que han alcanzado fama por su memoria, por su gran capacidad de recordar, también forman parte de ese colectivo que sufre por los demás miembros de su grupo. De sobra es conocido que su vida en manadas se rige por estrictas normas de solidaridad y cómo los más pequeños son protegidos por toda la prole. De hecho, ellas, las mamás elefantes, son capaces de entregar su vida por salvar la de su hijo. Es uno de los lazos de amor materno filial más fuertes que se conocen en la naturaleza. La madre jamás olvida a sus descendientes.

Se podría casi asegurar que tienen sentimientos y que estos les hacen unos animales que nos provocan una gran empatía. Cuando llega el final de los días, se alejan para morir en soledad, pero eso no quiere decir que su pérdida no pase desapercibida para el resto de la manada. Se podría decir que son conscientes de la muerte.

Y ello quizás lo manifiestan de manera más evidente cuando alguno de los pequeños queda en situación de orfandad. De hecho, la manada se convierte en uno solo individuo colectivo y acoge al huérfano dándole muestras de afecto.

Seguramente no podemos asegurar —todavía— que tengan conciencia de la muerte y lo que representa, sería demasiado fácil atribuirle pautas humanas, pero no cabe duda de que sienten la pérdida de uno de sus integrantes y que se manifiestan de manera que nos recuerda bastante a nuestro propio comportamiento.

Sea como fuera, desde luego, por la vulnerabilidad que manifiestan los cachorros y por ese tipo de actos que nos asemejan, poca gente existe que no adore a estos descomunales mamíferos, que pueden resultar temibles cuando sienten que son atacados.

Seguro que la visión de Dumbo en mi infancia me afectó en exceso.

Lara de Miguel, limnóloga

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