pareja sisifo

Tuvieron que pasar muchos, muchos años para que encontrara sentido a las matemáticas. Quizá por eso, la ciencia se libró de mi presencia como investigadora hasta que ya no hubo remedio. Ahora me conformo con escribir sobre ella —lo que para mí es mucho—. De hecho, creo que una de las decisiones más fáciles de mi vida la adopté cuando un profesor intentó explicar a una clase de atribulados preadolescentes que las ecuaciones integrales son como la familia. Tanta pasión puso en sus explicaciones —era religioso, por cierto, un argumento en su contra— que sus desvelos decidieron por mí. Me declaré objetora familiar —craso error— y me decanté por las letras.

Luego, con el tiempo y con las lecturas adecuadas, fui descubriendo que las matemáticas están en el origen de la vida —un algoritmo fue determinante para que las proteínas se juntaran, dando sentido a los seres vivos—, en la belleza —basta con buscar el número áureo—, en el azar —genética de poblaciones—, en la toma de decisiones que conducen al éxito —teoría de juegos—…. y hasta en actividades más lúdicas, como ayudarnos a encontrar pareja. Eso por no hablar de economía.

Y a caballo entre lo lúdico y lo sesudo, no hace mucho me topé con un estudio que nos explica por qué las relaciones sentimentales se terminan. Los investigadores han formulado su teoría basándose en la segunda ley de la termodinámica, según la cual es necesario realizar un cierto esfuerzo suplementario al amor para mantenerse juntos, y en las ecuaciones de control óptimo. A partir de ella han desarrollado un modelo matemático que, por cierto, no resulta demasiado alentador, ya que el esfuerzo que exige es algo muy costoso que parece que los humanos, salvo honrosas excepciones, no estamos dispuestos a realizar para vivir toda una vida a dúo.

Regidos por un modelo social donde prima la máxima recompensa con la realización del mínimo esfuerzo posible, resulta una tarea de titanes mantener unida a la pareja. Aunque no siempre, según el análisis la relación se salva cuando ambas “partes tienen atributos emocionales similares y existe una política de esfuerzo óptimo”. El mayor riesgo para despejar esa incógnita:  pues que resulta muy cansado (lo que llamamos eufóricamente el “desgaste”). Todos estos factores, debidamente computados, dan como resultado una ecuación donde cada cual debe saber qué parte hay que poner de más para conseguir esa utopía de “hasta que la muerte nos separe”.

Ya ven, todo se puede reducir a cifras; es decir, ser algo medible y por lo tanto objetivable. Y a partir de ellas, obtener una fórmula que nos garantice el éxito. Ahora bien, nadie le puede obligar a poner unos gramos de más en la balanza del esfuerzo. Eso dependerá de lo vago que se sienta.

Laura Castillo Casi. Enfermera y periodista

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