loves saves 

Haz el amor y no la guerra. Como frase resulta redonda y como decía aquel, como deporte es mucho más práctico, ya que además de pasarlo bien se conoce gente. Ahora bien, en cuestiones de sexo, hay que tener en cuenta los preliminares, y en el caso de los machos, el preliminar pasa por ser elegido o eso que eufemísticametne se denomina conquista. Demostrar quién es el alfa; es decir, derrotar a los adversarios, y no me negaran que esa fase esta teñida con ciertos tintes de guerra. Y entonces, ¿cómo se casa eso de que el amor nos vuelve tontorrones y descuidados con mantenernos ojo avizor para que no nos roben la presa?

A priori, no es posible. Y vamos con la explicación científica. Para ello, ¡cómo no!, cuando hablamos de comportamientos hay que tirar del funcionamiento de las hormonas. La oxitocina, también conocida como la hormona del placer o del amor, es la responsable de nuestra conducta en este campo. Y parece que a mayor actividad relaja la vigilancia hacia otros individuos que pueden representar una amenaza.

Neurobiológos y antropólogos norteamericanos han estudiado cómo funciona esta molécula en diferentes animales. Y la conclusión no deja de ser curiosa. Mientras que para algunas especies su aumento se traduce en mayor agresividad, su funcionamiento en humanos y primates —que se supone están un peldaño por encima en la escala— resulta más complejo y reduce la atención social (vamos, que literalmente nos sorbe el cerebro).

Para los Homo sapiens del género masculino, dosis elevadas de oxitocina afianzan nuestra confianza en el prójimo pero al mismo tiempo también potencian los juicios negativos. O sea, que nos hace querer todavía más a los amigos al tiempo que aumenta nuestras dudas sobre los desconocidos. Es decir, que altera la atención social.

Los investigadores realizaron su experimento: aumentar las dosis de oxitocina en macacos y comprobar sus reacciones. Estos simios se muestran prestos para reconocer cualquier amenaza, sobre todo las procedentes de otros machos dominantes, y bastaría con medir sus niveles de oxitocina con su capacidad de detectar una amenaza para probar esa afirmación. Y así fue, al rebajar sus niveles de vigilancia, los monos, curiosamente, demostraron mantener un mejor comportamiento social (se redujo el número de peleas) y, al estar más relajados, los científicos también comprobaron que aumentaron su habilidad para realizar otras tareas que requerían prestar atención.

Así que, visto lo visto, podremos concluir que el amor no solo es preferible a la guerra. Sumen a los argumentos del comienzo otros nuevos, no solo nos nubla los sentimientos belicosos, sino que además nos permite destinar ese tiempo para mejorar otras habilidades. Y no nos referíamos a las amatorias exclusivamente.

 Beatriz Baselga, veterinaria, y Enrique Leite

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