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Muchas veces nos empeñamos los Homos tecnológicos en desarrollar complejas y sofisticadas técnicas sobre las que asentar el progreso, cuando lo más sencillo, en ocasiones, es mirar hacia arriba en los días de estío y comprobar que, hablando de energía, tenemos junto a nosotros a la principal y más desaprovechada fuente: el Sol.

La naturaleza y el llamado ciclo de Gaia nos muestran un camino al que apenas dedicamos tiempo y dinero. La vida es posible gracias al esa energía solar para transformarla en biomasasa. La fotosíntesis, además de proveernos de ese oxígeno vital, secuestra el CO2, el gran contaminante. Pero no es el único proceso natural del cual se pueden extraer conclusiones. También de manera espontánea, la naturaleza ha creado otro mecanismo de defensa, un descontaminante natural: la fotocatálisis.

Se trata de utilizar la fuerza del Sol para erradicar otros elementos contaminantes, como son los de óxidos nitrosos —procedentes de la combustión de los automóviles— o compuestos clorados, entre otros. Tan sencillo como transformar la energía solar en energía química. Para ello es preciso utilizar un semiconductor.

Muchos de esos elementos son hidrosolubles y contaminan mares, ríos y lagos. Pues bien, si hacemos pasar el agua por ese recipiente, se produce una reacción de oxidación de compuestos orgánicos y la reducción de iones inorgánicos. El resultado es la separación del líquido de esos elementos químicos contaminantes que están disueltos en su interior. Para conseguir esa reacción fotocatalítica se puede utilizar el óxido de titanio (TiO2).

Solo hay que conducir la luz procedente del Sol concentrada en unos espejos —donde se produce una concentración del calor— hacia el agua utilizando ese material. Cuando entran en contacto, se produce la reacción química que destruye las moléculas contaminantes. Y una vez separados, tan solo hay que retirar esos residuos. El agua ha recuperado sus propiedades.

Para que tenga lugar la fotocatálisis es necesaria una concentración de la energía solar en un punto; es decir, lograr una zona de energía de mayor densidad y de mayor temperatura. La concentración debe de superar los 100ºC para que provoque esa reacción química. Por ello se requiere del uso de unos espejos curvos en forma de parábola o de esfera. Cuando los rayos solares inciden sobre esta superficie, se redirigen hacia un punto donde se aloja un receptor que se calienta y del cual se puede extraer el calor de diferentes modos para su aprovechamiento.

No obstante, la fotocatálisis es un proceso que tiene sus limitaciones. La cantidad de agua residual a tratar dependerá del número y del tamaño de colectores solares —de parábolas— que se instalen y en función de los elementos a eliminar podrá requerir un tratamiento previo, de un filtrado de las aguas para eliminar residuos sólidos.

Además, a este inconveniente hay que sumar que la descontaminación se consigue de manera más lenta —ya saben la naturaleza no tiene prisas— que utilizando los procesos químicos habituales. Por ello, aunque se trate de una técnica ecológica, se suele acudir a ella cuando no se consigue depurar esos contaminantes con otros métodos.

A veces nos preguntamos si no sería más conveniente invertir nuestro tiempo y dinero en perfeccionar eso que nos enseña el propio medioambiente. Seguro que así saldremos ganando todos.

Eduardo Costas, catedrático de Genética, y Enrique Leite, periodista

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