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Los amantes de la ciencia ficción y de los platillos volantes viven pendientes del cielo para descubrir cualquier avistamiento que suponga el comienzo de una invasión extraterrestre que nos deje reducidos a la nada. Y como divertimento, sin duda, no está mal.

Ahora bien, si de verdad nos preocupa la invasión y la conquista, más nos vale cambiar el telescopio o los binoculares por un microscopio decente y dejar de mirar al cielo y ocuparnos más de nuestro alrededor. Comprobaremos que estamos colonizados por organismos microscópicos por doquier. En el aire, en el agua, en la materia y también en nosotros mismos.

Y no miremos muy dentro, simplemente con concentrarnos en lo superficial, en nuestra epidermis —la piel— comprobaremos que somos caldo de cultivo —la piel resulta un ecosistema muy rico y diverso que si suele medir unos dos metros cuadrados— de hasta 182 especies diferentes de bacterias que viven, se reproducen y mueren en ella. Y eso de lo que sabemos, porque seguro que a lo largo de los años los investigadores nos despertaran con noticias de nuevos inquilinos que desconocíamos su existencia. De momento, de este mapeo completo de la epidermis se concluye que el 80% de las bacterias encontradas son conocidas, pero el resto supuso una auténtica sorpresa para los investigadores.

Lo normal es que se encuentren cómodas en la piel y no se marchen llegando a formar comunidades muy estables —como ocurre con la Propionibacterium acnes, la responsable de ese molesto acné juvenil que padecen los adolescentes y algún adulto—. Hay otras, en cambio, que tan solo están de paso por nuestro cuerpo.

A este zoo de bacterias, además, hay que sumar la presencia de hongos —también microscópicos— que anidan y se multiplican en nuestra piel. Cerca de 80 clases han sido capaces de catalogar los científicos. El más común responde al género Malassezia, responsable entre otras cosas de la molesta caspa y de una enfermedad infecciosa, pero no contagiosa, que se llama Pitiriasis versicolor. La podemos encontrar de manera frecuente en la parte posterior de la cabeza y orejas, la nariz o los talones. Aunque si nos queremos hacer una clasificación en función de la anatomía, la parte favorita de los hongos son los pies: sus uñas pueden alojar hasta 60 variedades diferentes y sus dedos cerca de 40.

A la vista de estos datos, estamos seguros de que el sentimiento de vivir en soledad que algunos padecen, con tanta aglomeración y tráfico solo en la epidermis, se mitigará. Eso sí, habría que enseñarles a comunicarse con nosotros para que fuese más llevadero.

Beatriz Baselga, veterinaria

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