inteligente o metodico

A mí, que me considero ave diurna, no me dejan de sorprender aquellas personas que, según avanza el día, van aumentando en vitalidad. Pareciera que se cambiaran de pila’ cuando cae la noche y desplegaran toda su hiperactividad y me asombra ver cómo son capaces de trabajar a pleno rendimiento y con una gran productividad en plena madrugada.

Yo, en cambio, soy de las que no me importa madrugar; es más, lo hago sin mayor problema esté trabajando o de vacaciones, y me siento optimista. Reconozco que aprovecho esas primeras horas del alba, en verano con la fresquita, para poner al día todos mis asuntos y liquidar lo que considero más urgente.

Y en teoría así debiera ocurrir con todos. Los humanos estamos preparados para consumir nuestra mayor energía coincidiendo con los ciclos solares y ponernos en modo de ahorro cuando la luz desaparece. Esta característica se llama ciclo o ritmo circadiano. Pero está claro que hay personas que se salen de la norma y alteran este ciclo. Tanto por un lado como por otro. 

Los búhos han desplazado su periodo de sueño y su necesidad de acostarse comienza cerca de las dos de la madrugada y la de levantarse de manera natural pasadas las diez de la mañana. Los estudios científicos sobre estos pacientes —test a los que se les ha sometido— han demostrado que cuando estas personas alteran este ciclo largo, es decir, cuando se ven obligados a madrugar, los resultados son nefastos: arrastran somnolencia durante el día y pierden su capacidad de concentración.

Lo mismo que les ocurre a los gallos, que espontáneamente se levantan entre cinco y seis de la mañana y apenas el reloj marcan las diez de la noche buscan desesperadamente la cama. Este grupo pierde toda su eficacia productiva durante la tarde.

Hasta aquí todo normal, cada uno es diferente. Pero lo verdaderamente curioso es que existe un cierto paralelismo entre la personalidad que desarrolla cada sujeto en función de su ciclo circadiano. Los noctámbulos parece que —como media— cuentan con un mayor coeficiente intelectual —con todas las reservas que me produce la fiabilidad de ese tipo de test— pero en su defecto cuenta que suelen mostrarse como seres más irracionales en la toma de decisiones y por lo tanto resultan personas menos fiables.

Los madrugadores, por contra, aunque se muestren por debajo en su cociente intelectual, resultan ser seres más ordenados, metódicos y son menos proclives a sufrir trastornos de la personalidad, depresiones o adicciones.

Sin caer en generalizaciones excesivas, parece claro por qué los artistas y genialoides parecen preferir la noche para vivir mientras que los que nos dedicamos a esto de la ciencia nos decantamos por ajustarnos al ciclo del gallo.

Camino García Balboa, química

 

Anuncios