Gargoyle wearing Rose colored glasses from which to view the world with

Decididamente, no vivimos en un mundo de pacientes, y no nos referimos a los enfermos, sino a los que saben esperar. Las prisas por la consecución de resultados y, sobre todo, la necesidad de encontrar una recompensa a corto plazo parece que inciden sobre el grado de paciencia de la sociedad. Y la nuestra —la mal llamada desarrollada— no es generosa en este sentido.

Quizá por ello, o vaya usted a saber por qué otro tipo de motivaciones —que los científicos son gente más bien rarita— esta cualidad o defecto es objeto de investigaciones de los especialistas. Una de las últimas ha obtenido dos conclusiones. La obvia, que mayoritariamente nos decantamos por el premio a corto plazo. Pero la segunda es algo más sorprendente: cuando optamos por esperar, es decir por la paciencia, le damos más valor a la recompensa y nos volvemos más pacientes; o sea, que la paciencia lo que hace es cultivar la propia paciencia.

El experimento no dejó de ser curioso. Se ofrecía un premio en metálico a los sujetos que participaban en él, pero la cuantía de este iba incrementándose al tiempo que aumentaba el tiempo de espera. Como era previsible, la mayoría de los voluntarios optaron por ganar el dinero a corto plazo (siete de cada diez eligieron esta opción: más vale ganar ya, aunque sea poco, que esperar y conseguir más dinero). Pero el comportamiento de esa minoría fue significativo.

A los que prefirieron esperar se les planteó una disyuntiva: una vez transcurrido algo más de la mitad del plazo, se les dio a elegir si querían prolongar el tiempo de espera a cambio de obtener una recompensa mayor. Y así fue, en una proporción casi de nueve de cada diez, una vez que habían decidido invertir su tiempo en la tarea no les importó alargar un poco más ese lapso para conseguir un premio más elevado.

Los investigadores concluyen que uno de los leit motiv en el comportamiento humano —en este área en concreto— es que la paciencia nos vuelve más pacientes y saboreamos de otro modo las mieles del éxito.

Así que, según se deduce del trabajo, todo se limita a una cuestión de entrenamiento y a medida que vamos eliminando el factor prisa de nuestras vidas, lo que vamos haciendo es cultivar el germen de la paciencia. El único problema —y a la propia investigación nos remitimos— es que el colectivo de pacientes no abunda y parece difícil que acaben siendo mayoría, salvo que cambien los patrones sociales y abandonemos la cultura del éxito a corto plazo —eso que algunos llamaron en su día la “cultura del pelotazo”—.

Camino García Balboa, química

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