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Atrapado en mi propia ignorancia, pensaba que eso de dedicar las largas horas del estío a permanecer tumbada al sol indolentemente, dejando que los rayos de sol invadan mi piel —debidamente protegida, eso sí— para alcanzar un tono bronceado que arranque la envidia de mis congéneres era algo al alcance solo de los humanos.

Pero hete aquí que, una vez más, la naturaleza nos muestra que solo nuestra ignorancia es comparable a nuestra soberbia y que en eso de broncearnos, como en otras tantas actividades, no tenemos la exclusiva. Una reciente investigación ha demostrado que las ballenas también se ponen morenas. Y no lo hacen por placer o por mostrar a las demás su piel morena, sino que se trata de uno de tantos mecanismos producto de su evolución, cuya finalidad es contrarrestar los efectos perjudiciales que provocan las radiaciones ultravioletas —en eso, les pasa como a nosotros—.

Porque los rayos de sol afectan a todas las especies —pueden padecer quemaduras solares— que no cuentan con mecanismos adecuados para proteger su epidermis —vamos, que no están protegidas por una tupida pelambrera—. Unos cetáceos se pueden broncean mientras que otros incrementan la productividad de ciertos genes. En ambos casos, se trata de mecanismos de defensa.

La ballena azul, como las demás, pasa largas horas sumergidas, pero también pasa un buen tiempo en la superficie o a poca profundidad. En esos momentos, su piel está expuesta a las radiaciones solares y la investigación ha demostrado que en esos momentos incrementa su producción de melanina para evitar los efectos perjudiciales del sol —tal cual como ocurre con la piel humana—. Es decir, potencialmente puede broncearse.

En cambio, otras especies con la piel más oscura, como los cachalotes, tienen un comportamiento genético diferente para prevenirse de las quemaduras. Ellos tienen una piel oscura y, por lo tanto, no puede pigmentarse más. En este caso, lo que hacen es incrementar los niveles de la proteína Hsp70, que aumenta su capacidad para reparar los posibles daños que causa la exposición al sol.

No cabe duda que la radiación solar en las dosis no adecuadas puede tener efectos negativos sobre fauna y flora y que se ha convertido en un elemento que estresa —entendiendo esta palabra como factor de desequilibrio— a determinadas especies.

Y a falta de cremas solares, ya ven, la evolución nos proporciona herramientas para poder seguir habitando en la Tierra. Lo que difícilmente podrá prevenir es la acción del ser humano acelerando los procesos de calentamiento global.

Lara de Miguel Fernández, limnóloga

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