sonrisa

La cara es el espejo del alma, dicen, pero no siempre. Si cada una de las cuatro emociones primarias, alegría, cólera, miedo y tristeza genera una representación mental, ¿qué foto elegiría usted para  reflejar la alegría? Lo más frecuente es decantarse por la sonrisa. En cuanto a expresiones faciales, la sonrisa es una de las más complejas de interpretar.

Para esbozar este gesto basta que el músculo zigomático mayor, encargado de unir los malares con las comisuras de los labios, se contraiga y  tire de la comisura hacia arriba formando un ángulo, toda vez que uno siente una emoción genuina positiva, no controlada.

Esto sucede cuando es genuina, pero al igual que  la mentira forma parte integrante de la interacción social, no es menos cierto que en el desarrollo de esta comunicación nos encontramos con situaciones en las que la cortesía, o el interés, nos lleva a sonreír sin autenticidad y es que los seres humanos somos la única especie capaz de fingir emociones o estados de ánimo. O al menos intentarlo. Pero… ¿qué hay bajo una sonrisa?

Según un grupo de expertos de la Universidad de La Laguna (Canarias), la sonrisa a veces es la rama que no nos deja ver el árbol; es decir, el sentimiento verdadero. Los investigadores canarios se han encaprichado con estudiar hasta qué punto nuestro cerebro es capaz de descifrar la autenticidad de un gesto que arrebata nuestra atención y puede llevarnos a percibir un rostro como alegre, aunque no lo esté. Para el ensayo se compararon dos tipos de rostros; uno cuyos ojos y bocas expresaban emociones antónimas, ojos no alegres con bocas sonrientes; y otro formado por caras con ojos y bocas que denotaban idéntica emoción. La impresión provocada por estas imágenes demostró que la sonrisa desvía el reconocimiento de emociones e inclina la balanza hacia la alegría, aunque los ojos manifiesten otro sentimiento.

En la disputa entre ojo y boca por el puesto del “gesto más sincero” se nos van los ojos tras las bocas. Según David Beltrán Guerrero, uno de los autores de los tres artículos científicos realizados sobre el asunto: “La influencia de la sonrisa depende mucho del tipo actividad en el que estemos inmersos cuando nos encontramos con este tipo de expresiones”. Así pues, si de lo que se trata es de autentificar la veracidad de la emoción presente en una cara,  no nos dejamos “engañar” por falsas sonrisas y escudriñamos el rostro del  finado en busca de otros indicios para cazarlos a la primera. Pero cuando estamos concentrados en nuestras cosas, sean del calibre que sean, nos dejamos llevar por la potente impronta de una boca sonriente despreciando el poder de la mirada y eso que una ojeada a la contracción de los músculos orbiculares de los párpados que rodean al ojo podría desbaratar muchas sonrisas.

Los autores consideran que el motivo de este error de apreciación es que la sonrisa desencadena, en un primer momento, la misma actividad eléctrica en el cerebro tanto si se trata de expresiones auténticas como si estas son ambiguas. Una excepción suponen las personas que sufren ansiedad social, ya que a estos individuos el miedo a ser juzgados o a convertirse en víctimas de situaciones embarazosas les dota de una sensibilidad mayor para discernir la autenticidad de una expresión sonriente. Pifia recompensa por tanto sufrimiento. Para los que no sufrimos estas fobias, pueden ser útiles, y entretenidos, un par de trucos detectivescos: las sonrisas falsas suelen ser asimétricas y su tiempo de desaparición resulta inapropiado; o se caen de golpe o lo hacen a cámara lenta. Por mi parte, a punto de poner un pie en la calle, les invito a hacerlo hoy, aunque la procesión vaya por dentro, con una sonrisa. Ya lo susurró un personaje público, ante un grupo de fieros informadores: “Dientes, dientes”, que eso les joroba.

 Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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