turtle

La naturaleza dota a cada especie de una serie de habilidades —y de incapacidades— que les permite ocupar un lugar en la cadena trófica y sobrevivir. Y dentro de esas características que te otorgan una cierta ventaja ante los ataques de los otros depredadores, sin duda el caparazón representa una de las soluciones más ingeniosas. Pero aunque todos los caminos conducen a Roma, no todas las conchas proceden de la misma línea evolutiva.

En la mayoría de los animales de concha, esta estructura ósea —como en el caso de los vertebrados— se desarrolló a partir de un esqueleto externo que acabó convertido en coraza o escudo protector. Y así se pensaba también de las tortugas, aunque ellas presentan una serie de particularidades sobre otros vertebrados.

En ellas, se forma a partir del pecho y no forma parte de una combinación de estructuras óseas internas y externas, lo que les convierte en peculiares, dejando en su interior la escápula y la pelvis, así como 50 huesos dermales que no existen en otro tipo de vertebrados. Esta singularidad ha dejado planear sobre ellas numerosas interrogantes sobre cuáles podrían ser sus antepasados. O dicho de otro modo, cierta duda y debate se ha originado en la comunidad científica por enganchar a las tortugas a uno de los hilos evolutivos.

Un estudio comparado de embriones de distintos animales (tortugas, gallinas y caimanes) así como el análisis de restos fósiles de tortugas realizado en Japón parece que ha puesto punto y final a este debate. Los japoneses lo tienen claro: las tortugas evolucionaron a partir de los antepasados de los caimanes.

Los científicos analizaron en estos alevines elementos como la formación de las costillas o de la piel, y en el caso de las tortugas de su caparazón, buscando similitudes que les aclararan el camino. A través del estudio, han comprobado que la parte exterior del caparazón se desarrolla de forma independiente a su esqueleto externo y que la evolución tuvo que partir de grandes costillas y vértebras; es decir, de partes del esqueleto interno.

Los análisis morfológicos y embriológicos comparativos probaron que la mayor parte del caparazón de las tortugas se deriva a partir de las costillas: las placas costales se desarrollan dentro de la dermis, y dentro de ella en el tejido conjuntivo, a partir del cual se forman las costillas.

Sin duda alguna, los caminos de la evolución son caprichosos y, en este caso, miles de millones de años después, lo realmente importante es que todavía podemos verlas corretear por mares y por el interior.

Beatriz Baselga, veterinaria, y Enrique Leite

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