sweetcorn plants browning

La palabra transgénico se asocia de inmediato con la maléfica Monsanto y la explotación del Tercer Mundo. Pero es fácil confundir la mejora genética con la ingeniería genética y a menudo mezclamos ambos conceptos. La agricultura se basa en el primero de ellos y, sin ánimo de entrar en ninguna polémica, desde Más que Ciencia nos decantamos por ella.

Durante siglos, los pacientes agricultores —cuando no la propia selección natural, que favorece a los más preparados— se empeñan en separar de sus cultivos las semillas de las plantas más productivas para plantarlas en la cosecha siguiente. Una labor que, al cabo de cinco o seis generaciones, provoca cambios, hasta tal punto que incluso podríamos hablar de variedades diferentes… o transgénicas.

Dicho lo cual, también nos planteamos dónde está la frontera que puede declarar una práctica legal o ilegal. Y nos explicamos. Si somos capaces de hacer crecer una planta más resistente, que se desarrolla en condiciones extremas y que con ella podamos obtener el sustento de una población condenada al hambre, ¿estaría justificado el uso de ingeniería genética para lograrlo? 

Teniendo en cuenta que para 2020, según la ONU, dos tercios de la población no tendrán acceso a fuentes de calidad de agua y teniendo dudas de que el planeta sea capaz de abastecer de alimentos a los 8.000 millones de personas que lo habitaremos, la pregunta merece por lo menos una cierta reflexión. O como subraya el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI) en su informe Panorama Global del Agua hasta el año 2025. Como impedir una crisis inminente, “de nada sirve contar con políticas, técnicas y tecnologías para ahorra agua si las mismas no se llevan a la práctica”.

Ciertamente, antes de llegar a los extremos, caben numerosas medidas que adoptar para mejorar tanto la gestión del agua como las técnicas de cultivo, pero noticias como la de una compañía israelí que ha logrado hacer crecer plantas transgénicas de tabaco con agua salada nos motivan a la reflexión.

La investigación se basa en el estudio de las moléculas cortas de ARN. Estas moléculas han servido, según la compañía, para desarrollar prototipos de plantas que sean tolerantes a la sequía y que mantengan los mismos estándares de rendimiento que las otras que no han sido modificadas.

Lo dicho, ¿quién guarda al lobo?

Anuncios