pinturaruprestre 

Si por curiosidad es de los que gusta de visitar museos arqueológicos o es de los afortunados que ha podido entrar en alguna de las cuevas que albergan pinturas rupestres, seguro que ha dejado volar su imaginación al pasado e se ha imaginado a esos primitivos antepasados ataviados con pieles, sentados o tumbados en esas cavidades naturales de difícil acceso, alumbrados por la luz de una hoguera o de una antorcha y rodeados de cuencos con pigmentos naturales intentando reflejar su entorno.

Normalmente, nos comentan que los artistas formaban parte del grupo de los elegidos —chamanes o magos— y que pertenecían al género masculino. Al fin y al cabo, a pesar de hablar de matriarcado en ese periodo de nuestra existencia, a los trogloditas los caricaturizamos sacudiendo con la maza a las féminas para ganarse sus favores y ocupándose de los temas importantes, como procurar el sustento, y de las cuestiones religiosas.

Desgraciadamente, estos pintores no eran conscientes de que les aguardaba un lugar en el Olimpo de la fama y en la mayoría de los casos no se preocuparon de firmar sus obras. Aun así, en algunos de sus trabajos, dejaban estampadas las huellas de sus manos. Unas manos no excesivamente grandes y que los arqueólogos atribuían a jóvenes —masculinos— adolescentes.

Ya saben, miles de años después, son ellos los que mandan y, por lo tanto, la cultura dominante daba pábulo a este tipo de interpretaciones. A nadie se le ocurría acudir a estudios morfológicos de estas extremidades para determinan su género.

Bueno a nadie no, que hace poco alguien se ha detenido en este pequeño detalle y sus conclusiones no dejan de ser revolucionarias: estudiando estas firmas encontradas en pinturas rupestres en el norte de España y sur de Francia (la longitud y proporción de sus dedos, sobre todo el índice, anular y meñique, y la estructura palmar) son obras mayoritariamente realizadas por mujeres.

Teniendo en cuenta, por donde fueron realizadas, que el espacio era pequeño y solo cabría una persona, los arqueólogos se inclinan por pensar que esas manos corresponden al propio artista en el momento de realizar su creación —sea en forma de firma o de otro tipo de significado— y no a un modelo que estuviera junto a él.

Interesante revelación que a los amantes de la sociología de las civilizaciones primitivas les abre nuevos enfoques sobre el papel de la mujer en estas sociedades. Aunque siempre habrá algún cachondo mental que se quede con el latiguillo de que en cuestiones domésticas y de decoración del hogar la mujer es siempre la que ha decidido.

Eduardo Costas, catedrático de Genética, y Enrique Leite

 

Anuncios