Hate written out in red beads 

El odio, o si lo prefieren la sed de venganza, es uno de los motores que mueve la historia. Estamos ante unos sentimientos tan primarios y primitivos como los mismos seres humanos y que han sido el detonante de algunas de las tragedias más infames de la humanidad en forma de holocaustos y otros comportamientos que para algunos son inherentes a nuestra condición. En alguna ocasión hemos comentado que la línea que separa el odio del amor es muy delgada y que los caminos cerebrales —neuronales— entre ambos sentimientos son bastante comunes y discurren en paralelo.

Ahora, un nuevo estudio aporta nuevos datos a esta aseveración: que podemos sentir placer o bienestar cuando vemos sufrir a los que odiamos. Eso asegura un grupo de investigadores, quienes han comprobado cómo los mecanismos cerebrales de recompensa, los que nos reconfortan o nos dan placer al ejecutar una acción se activan cuando contemplamos el padecimiento de quienes nos causan el mal.

Aunque para ello es necesario, como casi siempre en este tipo de actitudes, la colaboración necesaria de los propios seres humanos. Lo que venimos en llamar los valores de la cultura dominante que se va transmitiendo de generación en generación en las escuelas o por la ideología.

En eso se basaba el experimento. Una historia de nazis y judíos. 19 voluntarios de ascendencia hebrea, pero que no vivieron directamente el holocausto, fueron sometidos a pruebas tomográficas —para comprobar como actuaba su cerebro— mientras visionaban cintas donde determinados sujetos —actores, por supuesto— sometidos a tortura de diverso modo.

Un grupo de los simuladores era de neonazis y el otro no. Los voluntarios registraron un incremento de su actividad cerebral en el cuerpo estriado, el que se dedica a segregar hormonas que nos hacen sentirnos bien —vamos, que nos producen una recompensa—, cuando los protagonistas de la película portaban la esvástica, mientras que no se activaba con el otro grupo de actores.

¿Estamos ante el descubrimiento de un cierto comportamiento sádico o vengativo en el ser humano? Los autores del estudio no pretenden llegar a tanto, aunque sí apuntan a que tras su investigación podremos empezar a estudiar los mecanismos que nos impulsan a “cobrar venganza” ante quienes nos han provocado antes el mal.

Aunque no se les olvide que para que ese tipo de hormonas afloren, resulta fundamental un trabajo previo en valores; que no todo es genética, que también el ambiente influye.

Camino García Balboa, química  

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