oreo 

Los estudios y la investigación científica resultan imprevisibles. Quizá por eso resulta tan apasionante. Uno, en su modestia e ingenuidad, se plantea buscar una solución a un problema concreto y sin saber cómo, resulta que da con una tecla que le permite realizar un hallazgo que no se buscaba.

Esto les pasó a un grupo de investigadores norteamericanos. Intentaban analizar cómo contribuyen los alimentos altos en azúcar a la obesidad de la población yanky y se dieron de bruces con que un determinado tipo de galletas, las Oreo —exactamente, las de las dos capas con algo en medio que se consume primero— resultan ser adictivas.

Eligieron esta marca por una simple cuestión: su volumen de ventas indican que son las preferidas por el público norteamericano y porque en su composición —lo que señalan los propios fabricantes en sus envases— son ricas en azúcares y grasas. O sea, que investigar con ellas representaba un buen punto de partida. Los experimentos con ratas mostraron que estas galletas activan “más neuronas que la cocaína o la morfina” en el centro del placer de nuestro cerebro, el núcleo accumbens. Es decir, que resultan altamente adictivas —a niños y a no tan niños—.

Desde mediados de la década de los cincuenta, cuando Olds y Milner implantaron electrodos en este área cerebral de ratas, se conoce que sus neuronas deteminan la zona del placer (las ratas preferían activar la palanca que la estimulaba incluso a comer o beber) y que está ligada directamente con las adicciones.

Pero volvamos con los estudiantes de Connecticut y su experimento. Las ratas tenían que elegir en su paso por el laberinto de turno si comerse una galleta o bien optar por una torta de arroz —de esas que recomiendan como sustitutivo para no engordar—. Lógicamente, despreciaban el alimento light y daban cuenta de las Oreo, que curiosamente se zampaban como nosotros: primero el relleno y luego la masa.

Como elemento de control y comprobar su conducta, sometieron luego a otras a una inyección de cocaína y de morfina. Era el turno de comparar resultados y, tras un análisis de la actividad neuronal del área del placer, y para su sorpresa, comprobaron que las Oreo activaban más neuronas que la propia droga. “Las ratas formaron una asociación igualmente fuerte entre los efectos placenteros de comer Oreos y un ambiente específico, igual que lo hicieron con la cocaína y la morfina y un ambiente específico”, en palabras de uno de los investigadores.

Así que ya sabe, si no es capaz de resistirse a una galleta, a pesar de que sea consciente de que suponen un peligro para su salud, es probable que sea un adicto —un enfermo—, y de ahí que no pueda escapar a la tentación. Lo malo es que, a diferencia de la otra droga, los paquetes están a tiro de estantería en cualquier supermercado.

Ahora solo falta descifrar la famosa fórmula secreta de la Coca-Cola.

Beatriz Baselga, veterinaria, y Enrique Leite

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