verguenza

Desde niños aprendemos, unos más que otros, a sentir vergüenza. La educación se encarga de regular esta y otras emociones. La vergüenza es un estado desagradable que desconecta temporalmente a las personas unas de otras. Cuando algo nos avergüenza, nuestro organismo responde con una reacción física; encoger el cuerpo y bajar los ojos. Estas mismas manifestaciones pueden darse cuando contemplamos a otra persona realizando un acto que nos avergüenza a nosotros. Y es que  las situaciones que despiertan nuestra vergüenza ajena tienen mucho que ver con la vergüenza propia, la que hemos interiorizado.

La neurociencia cognitiva se interesó, desde su nacimiento, por el estudio de los mecanismos neurológicos implicados en los procesos psicológicos, entre ellos las emociones sociales, que caracterizan la cognición humana. Ahora los investigadores  han encontrado  por primera vez la base neuronal de la vergüenza ajena. El estudio realizado por el científico alemán Frieder Michel Paulus concluye, utilizando formularios para medir la conducta junto a  las habituales técnicas de resonancia magnética funcional, que cuando sentimos vergüenza ajena se ponen en marcha las mismas zonas cerebrales, corteza insular y córtex del cíngulo anterior, que se relacionan con otros momentos empáticos, como ante el dolor ajeno.

La empatía golpea directamente nuestro sistema límbico y, sin mediar palabra, nos permite ponernos en el lugar del otro cuando sufre… o cuando hace el ridículo. Es, pues, colaboradora necesaria de la vergüenza ajena. Esta habilidad para meternos en los zapatos del prójimo viene determinada por las llamadas neuronas espejo —o “neuronas de la empatía”—  que se activan al contemplar el sufrimiento ajeno y reflejan, en la misma región del cerebro, el dolor que experimentaríamos  en esa situación. Como si pudiéramos leer la mente.

Pero ni todos gozamos de la misma capacidad empática ni todos tenemos la misma visión del mundo. Habrá quien, como Ignatus Reilly , el protagonista de La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole, se sofoque de forma insoportable ante la contemplación de determinadas  vestimentas que “carecen de geometría y teología y atentan contra la decencia y el buen gusto” o para quien no haya mayor vergüenza que ser testigo, sin desearlo, de  situaciones grotescas con las que la fisiología nos sorprende (un moco indiscreto que cuelga de un apéndice nasal tras un estornudo, una sonora flatulencia en un lugar público).

Habrá quien se debata entre advertir o no al sujeto en cuestión, quien retire la mirada o quien se parta de risa y arrastre a otros espectadores cómplices. Además, nos provocan mayor malestar aquellos episodios en los que el protagonista es consciente de su metedura de pata. La empatía y la vergüenza pueden también ser consideradas formas de altruismo, ya que suponen una responsabilidad para con los demás; pero cuidado con los excesos, junto con la culpa, la sumisión,  y la baja autoestima ambas emociones forman parte del festival de características que, en demasía, acompañan la depresión menor o distimia.

Algunas personas no padecen vergüenza ajena. Esto ocurre cuando la capacidad empática esta mermada, como es el caso del trastorno autista y de las personalidades psicopáticas. Los autistas presentan serias dificultades para ponerse en el lugar del otro en escenarios sociales complejos en los que alguien destroza las normas sociales intencionadamente y el psicópata carece del mecanismo interno que nos tortura emocionalmente cuando elegimos hacer algo que vemos como inmoral, falto de ética o bochornoso. Ya ven, no podemos evitarlo, cuando pillamos a otro ser humano en pleno bochorno, de forma automática e inconsciente nuestro lado empático, o nuestra falta de él, sale a la superficie de forma involuntaria.

Para sucesivos rubores les propongo un ejercicio que ayudará a  distraer su malestar; observen cómo reaccionan los curiosos y comprueben si  ese contagio instantáneo del estado anímico, la empatía, está o no presente entre quienes le rodean. Puede resultar inquietante.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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