perro saltando

A menudo, sobre todo si les queremos, decimos de ellos que son como niños: primarios y nobles en sus sentimientos, la mayoría positivos. Y en rigor científico se puede decir que sí, que sienten y padecen. Nos referimos a los perros, nuestros fieles compañeros. Quienes alguna vez hemos compartido vida con ellos, la verdad es que este tipo de afirmaciones no nos sorprenden, aunque nos congratula escucharlas por boca de gente a la que presuponemos un grado mayor de inteligencia.

Sobre todo, porque son argumentos que pueden valer para evitar que aquellos que gustan de hacer distinciones negativas entre las especies les dejen de restar derechos, porque por el hecho de ser animales no son comparables a los humanos. Es decir, pruebas irrefutables de que no se trata de seres inferiores, tan solo distintos.

Un equipo de neurólogos norteamericanos ha llegado a esta conclusión —la de que sienten emociones— tras dos años de paciente estudio de varios perros, incluidas las mascotas de los propios científicos. A lo largo de este tiempo ,se dedicaron a estudiar el comportamiento de su cerebro.

Para ello, tuvieron que entrenar a los canes para que entraran de manera voluntaria y despiertos —sin administrarles ningún sedante— a unas máquinas de resonancia magnética para analizar sus reacciones. De este modo, el equipo de investigadores pretendía obtener un mapa completo de la actividad cerebral de los canes y con él, descifrar parte de su funcionamiento estableciendo analogías con la estructura y manera de operar del nuestro.

Y comprobaron cómo una zona concreta, el núcleo caudado —donde al margen de otras actividades, se registran la mayoría de las reacciones relacionadas con la memoria emocional, que precisa altas dosis de un neuroconector, la dopamina— se activa al contacto directo con olores o imágenes conocidas. Un comportamiento similar al que ocurre con el nuestro.

En los humanos, este área juega un papel fundamental en la anticipación de las cosas que nos gustan, como la comida, y determina parte de nuestros sentimientos de afecto. Esta sorprendente similitud denominada homología funcional —nosotros también lo activamos cuando sentimos cariño hacia una persona, por ejemplo— representa una prueba empírica de que, más allá del amor de dueño, los perros en concreto y más que probablemente un buen número de especies tienen emociones. Esta capacidad de experimentar sentimientos positivos —como el amor— significa, a juicio de los investigadores, que nuestras mascotas, por lo menos, tienen un nivel de sensibilidad comparable a la de un niño.

Seguro que nadie se plantea despojar de ningún tipo de derechos a los niños, ¿verdad?

Lara de Miguel, limnóloga

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