maquinas expendedoras

Forman parte del mobiliario urbano y se han integrado de tal modo en el espacio que a más de uno les pasa desapercibida su presencia… salvo cuando las necesitamos. Las máquinas expendedoras, una solución aparentemente sencilla que nos proporciona cualquier tipo de artículo: de tabaco a comida o refrescos, pasando por las más peculiares como las que ofrecen flores, DVD o cebos vivos para pescadores, por ejemplo.

Es la tecnología al servicio del cliente siete por veinticuatro (siempre en funcionamiento mientras funcione la corriente eléctrica). El vending, como se conoce en el mundo anglosajón, vive momentos de auge —algo tendrá que ver el hecho de que sea más barato reponer estos artilugios que mantener una tienda abierta todo el día— y nos sugiere que su desarrollo nació con la Revolución Industrial. Pero no, debemos su existencia al ingenio de un griego allá por el siglo I después de Cristo, que vivía en Egipto: Herón de Alejandría.

Quizá estemos ante una de las mentes más imaginativas y prácticas que nos legaron los griegos. Matemático e ingeniero, a él le debemos la primera máquina de vapor de la historia —aunque la humanidad tuvo que esperar varios siglos hasta que se utilizara en la industria o en la locomoción— y también el diseño de la primera máquina expendedora de la historia: un dispensador de agua bendita.

Se trataba de un truco del ingeniero para atraer visitantes a los templos que construía. En ellos, las puertas tenían mecanismos de apertura automática y una curiosa máquina para ofrecer una libación de vino o de agua a los dioses. El ritual exigía hacer esta ofrenda. Lógicamente, las peticiones eran mejor atendidas cuando del recipiente contenía alcohol. Los sacerdotes acompañaban a los acólitos ante una fuente y, si se introducía un dracma por una rendija, manaba vino de la fuente, que llenaba un cuenco. De lo contrario, manaba agua. Todo un milagro que maravillaba a los visitantes y que llenaba las arcas del templo.

Seguramente porque se trataba de un asunto de fe, el mecanismo cayó en el olvido y no fue hasta finales de 1800 cuando con el mismo principio —una moneda, algo con peso, activa una palanca que mueve un mecanismo que a su vez abre una compuerta por donde se puede dispensar un artículo— no se instalaron las primeras máquinas automáticas, que vendían tarjetas postales. Luego llegaron las de goma de mascar, comida y bebida o los imprescindibles cigarrillos.

Su estandarización, como decíamos, ya forma parte del paisaje urbano, pero aun así, bueno es reconocer el mérito y la autoría a este griego. O egipcio, según se mire.

 Enrique Leite

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