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Desde niña quise comunicar, memorizaba mis lecciones fingiéndome profesora de alumnos invisibles, por eso pensé que tal vez lo mío era ser actriz… pero mi ego no era tan grande. Soy enfermera y periodista, y ambas cosas implican comunicar; pero comunicar no es contar. Comunicar es llegar… y reivindico mi derecho a la pataleta ante la última propuesta de ahorro sanitario, el ahorro verbal.

Y me explico. Los gurús de la sanidad privada —de su gestión, se entiende— ya cuentan con un baremo, un ranking, para cuantificar la rentabilidad a la hora de dar uno u otro consejo sanitario teniendo en cuenta una variable: prolongar la vida —expectativa, se entiende— de los pacientes que acudan a consulta. Un complejo modelo matemático que se basa en las recomendaciones A y B de la USPSTF (La Fuerza de Tareas Preventivas de EE UU) y que sugiere unas actuaciones de asesoramiento. El modelo ha sido publicado en Annals of Internal Medicine.

Desde 1998, la USPSTF se ha constituido como el principal panel de expertos del sector privado en prevención y Atención Primaria. Su tarea consiste en hacer revisiones de evidencia científica sobre una serie de servicios clínicos y desarrollar recomendaciones para los profesionales sanitarios. Los valores A y B suponen una recomendación elevada del servicio de acuerdo con la fuerza de la evidencia y el equilibrio entre daños y beneficios.

Es decir, cuando el médico o enfermero introduzca las diversas variables, el sistema propondrá qué intervenciones llevar a cabo y en cuáles no debería perder su precioso tiempo para aumentar la expectativa de vida del paciente. Pero me entenderán mejor con un ejemplo: si tuviéramos al otro lado de la mesa a un señor de unos 60 años, que fuma, tiene colesterol, es obeso, hipertenso y cuenta con antecedentes de cáncer intestinal, los expertos establecen un orden de primacía según el cual lo más efectivo sería aconsejarle dejar el tabaco ya. Con ello prolongaría su vida 2,8 años más, mientras que perder peso, por ejemplo, le proporcionaría solo 1,6 años extras de supervivencia.

Pero como profesional y no como autómata, me asalta la duda. No sé si este buen hombre —con una edad y unos valores— preferirá sacrificar su dieta y controlar su colesterol,  pero continuar fumando, aunque solo consiga medio año de propina o si, por el contrario, considera que no echar humo pero comer lo que le venga en gana es una alternativa razonable. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a elegir —en eso consiste también la libertad, en decidir cómo, cuándo y por qué causa podremos morir—.

A los profesionales de la salud nos corresponde ofrecer la mayor y mejor información posible y, al paciente, hacer con ella libremente el uso que crea oportuno. Creo yo que, cuando menos, tiene el derecho a saber y a que se respeten sus deseos, gustos o preferencias.

Modificar hábitos cuesta, malos hábitos, se entiende. Como sanitaria se que hay que utilizar artillería pesada para motivar al cambio y la clave del éxito en esto de mudar rutinas es querer, señores.

Por eso, yo si gasto saliva y no me guardo mis consejos por eso, valgo más por lo que cuento que por lo que callo.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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