agrewsividad

Si nos reflejamos en el espejo, podemos entender la agresividad como el antónimo de la empatía. Aunque parezca que no es un razonamiento estricto, de lo que no cabe duda es que si no somos capaces de ponernos en lugar del otro, si no podemos entender su dolor, el camino hacia la violencia se allana.

Y eso tiene una traducción neuronal, ya que cuando mantenemos un comportamiento agresivo se ponen a trabajar las neuronas que nos hacen ser más empáticos con nuestros semejantes: una parte de nuestro cerebro, la que anticipa el dolor o sentimiento de rechazo social, se muestra más activa.

Según esta manera de funcionar, podríamos concluir —llevando la contraria a Hobbes, ese de “el hombre es un lobo para el hombre”— que los humanos no somos violentos por naturaleza y que contamos con mecanismos neuronales para erradicar los actos agresivos. 

Ahora bien, como ya hemos defendido en numerosas ocasiones desde estas páginas, lo genético —nuestro ser intrínseco— interactúa con el ambiente —el entorno— y la suma de ambos es lo que determina nuestro carácter. Una máxima que también se cumple en el caso de la violencia y de la empatía.

Y nos explicamos. Vivir en un ambiente hostil puede reprimir la capacidad de ser empáticos, de dotarnos de una cierta coraza que nos haga insensibles. Eso se ha demostrado, por ejemplo, con determinados hábitos con los que se potencia la agresividad —en películas o videojuegos—. Acostumbrarse a esos entornos violentos nos hace ser más tolerantes con la propia violencia. O volviendo al comportamiento neuronal, se desactivan esas áreas que provocan la empatía.

Existe, por lo tanto, una relación directa entre las conexiones cerebrales que son responsables de la culpa y las que determinan el miedo o la ansiedad. Y a medida que estos circuitos se colapsan, el resultado es una persona fría, que no responde a ese estímulo de culpa cuando realiza acciones violentas.

En el caso extremo de esa falta de actividad entre ambos circuitos tenemos a los psicópatas, esos individuos —tarados al fin y al cabo— que son capaces de cometer los actos de agresividad más extremos sin inmutarse ni sentir ningún tipo de culpa; los que hacen daño porque no les provocan ningún tipo de remordimiento las acciones criminales que pudieran cometer.

Sea como fuere, y partiendo de ese principio genético o funcional de que nuestro cerebro premia o activa las conductas empáticas frente a las violentas, más nos vale procurarnos de un entorno que no fomente la aparición de esos anestésicos que fomentan la agresividad.

Camino García Balboa, química, y Beatriz Baselga, veterinaria

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