luz propia

Cuando llega la Navidad, a unos les da por ponerse nostálgicos y a otros por mostrar síntomas de alegría desbordante. A mí, la verdad, es que ni uno ni lo otro, aunque ciertamente, esa cantidad de vatios que derrochamos por estas fechas engalanando calles me hace pensar las desventajas que tenemos los humanos sobre otras especies.

Sobre todo de aquellas que son capaces de brillar con luz propia y no tienen que recurrir a inventos como la electricidad para tales menesteres, con el consecuente ahorro resultante en la factura de la luz, que se antoja cada día más abigarrada.

La Naturaleza es una maestra en conseguir organismos que son capaces de emitir señales luminiscentes. Desde vegetales como la seta Requiem, cuya luz le ayuda a que los insectos se sientan atraídos hacia ella y le proporcionen su ración de proteínas, hasta los arrecifes de las islas Salomon, pasando por los escorpiones —que brillan gracias a producir determinados compuestos químicos en su cutícula—, las luciérnagas o las medusas.

En la mayoría de los casos, estamos ante unos seres que segregan una serie de proteínas que les permiten brillar en la oscuridad. Lejos de la estética navideña, la genética nos ha permitido conocer  las propiedades de la proteína verde fluorescente, GFP, observada por primera vez en la medusa Aequorea victoria en 1962; una de las herramientas más utilizadas en biomedicina, cuyo descubrimiento valió el Premio Nobel de Química a los investigadores Martin Chalfie y Roger Y. Tsien y  Osamu Shimomura.

Gracias a su descubrimiento se ha podido observar desde entonces procesos que eran invisibles, como el desarrollo de las células nerviosas en el cerebro o la propagación del cáncer en las células. Esta proteína ha permitido rastrear el papel de las diferentes proteínas en el cuerpo que son responsables de distintas enfermedades y dolencias. Es en suma, un indicador luminoso les permite observar los movimientos, las posiciones y las interacciones de las proteínas etiquetadas.

Los diferentes trabajos científicos nos obsequian con noticias sobre animales creados en el laboratorio que son luminiscentes. La última nos habla de unos cerditos que se pueden ver a simple vista por la noche.

En esta ocasión, un grupo de científicos lo ha conseguido inyectando a embriones porcinos proteínas del ADN de las medusas. Pero no nos quedemos en la anécdota, el objetivo del estudio no es otro que el de conseguir tejidos que puedan ayudar en los trasplantes humanos.

Confiemos en el desarrollo posterior de sus investigaciones. Y puestos a ser malvados esperemos que no se les ocurra a nuestros políticos, ávidos en recortar todo lo recortable, que no hagan lo propio con los funcionarios municipales y no les hagan brillar de noche para ahorrarse lo de las lucecitas de la Navidad.

Camino García Balboa, química

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