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La obesidad o, si lo prefieren en positivo, mantenernos en nuestro peso, es una de las obsesiones del humano moderno. Del mismo modo, asociamos a una persona pasada de peso con alguien que disfruta de los sabores, y de los placeres, de una buena mesa.

Pues, aunque no se lo crean, nada más lejos de la realidad. Así que vamos con un nuevo argumento para alimentar esa necesidad de no saturarnos y no desbordarnos por las esquinas: los obesos disfrutan menos de la comida porque son capaces de reconocer menos sabores de los habituales. Increíble, pero cierto.

Ya se ha demostrado entre ratones que este problema afecta, además de los ya conocidos problemas de salud, a la capacidad de diferenciar los sabores. Y sin adentrarnos ahora en si es causa o consecuencia, esta investigación abre una interesante vía para dietistas y endocrinos, ya que el secreto de este aumento incontrolable de peso podría encontrarse en ese defecto: la baja capacidad de detectar un determinado tipo de sabor que hace que nuestro organismo demande más cantidades del mismo y, consecuentemente, si abusamos de determinados productos —como los dulces— para obtener la misma satisfacción, el resultado es que engordamos.

La ingesta de alimentos se controla a través del apetito; es decir, está regulada por múltiples sistemas neuronales, incluyendo el sistema del gusto, y parece que este sentido está alterado en los obesos.

La investigación demostró que los ratones obesos cuentan con menos células gustativas en su lengua. En concreto, no son capaces de detectar los sabores dulces. Y lo consiguieron demostrar midiendo la respuesta de estos animales a los distintos sabores a través de la reacción de sus papilas gustativas a una serie de pruebas.

El resultado de los estudios probó que los ratoncillos gordinflones tenían una reacción más baja en el momento de reconocer los sabores dulces y amargos. En cambio, mostraban la misma reacción que el resto de los ratones cuando se trataba del sabor a carne o del sabor salado.

Este era el motivo, deducen los investigadores, por el que necesitaban mayores cantidades de dulces o de amargos para obtener la misma sensación de sabor que sus colegas más delgaditos.

Sin duda alguna, de confirmarse esta investigación y una vez determinado si esa pérdida de la capacidad de gustar de los sabores es una causa o una consecuencia, de lo que no cabe duda es que se acumulan los argumentos para no caer en la tentación de la gula.

Enrique Leite

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