perrocomida

Parece claro que la amistad y convivencia entre humanos y perros parte del principio universal de colaboración y de ayuda mutua entre dos especies diferentes. Luego vino lo de la domesticación y sumisión de los segundos a los primeros. Quedémonos con lo positivo. Mientras que los humanos encontraron en la asociación a un buen compañero de correrías de caza o un buen pastor que protegiera sus intereses —no cabe duda de que sus capacidades auditivas y para seguir rastros son infinitamente superiores—, los perros obtuvieron a cambio la posibilidad de comer todos los días sin grandes esfuerzos —y en el mundo salvaje, ya sabemos lo que cuesta procurarse el alimento—.

Y ya se sabe, esos lobos se acomodaron a eso de tener garantizado un plato de comida en su mesa.  Más o menos estos argumentos son coincidentes  y no están en cuestión entre arqueólogos, biólogos y demás estudiosos en la materia. Resulta un claro ejemplo de la adaptación de las diferentes especies a los entornos. Lobos convertidos en mansos, o mejor dicho, redirigiendo sus instintos más fieros hacia otros cometidos. A partir de ese punto, el resto fue una cuestión de genética, de que esos lobos fueran modificando sus genes hasta tal punto que acabaron dando cabida a una nueva rama evolutiva: la de los cánidos.

Y también la genética acaba de aportar una nueva pista sobre dónde se produjo este cambio. Un estudio de ADN mitocondrial de restos de esos primeros perros prehistóricos hallados en yacimientos esparcidos por todo el mundo resuelve que en la casilla de “Natural de…” en su carnet de identidad hay que escribir sin dudarlo “europeo”. Exactamente, los primeros perros domesticados, origen de todas las razas que ahora conocemos, son naturales de la vieja Europa. Y ocurrió, parece ser, hace entre 18.800 y 32.100 años.

La datación molecular realizada por los investigadores sugiere que a partir de Europa se produjo la expansión de esos primeros lobos domesticados por todo el planeta de la mano de sus compañeros humanos viajeros. Es decir, que como amigos fieles siguieron los patrones migratorios de los hombres y allá se fueron reproduciendo.

Sin duda, el descubrimiento resulta muy relevante, pero como suele ocurrir cuando hablamos de ciencia, los científicos se muestran cautelosos y aseguran que el estudio es incompleto y que deben de confirmar sus investigaciones con una cantidad de muestras significativamente mayor a las utilizadas como base de su trabajo.

Por cierto, algunos de los científicos radicados en la Estación Biológica de Doñana han participado en este apasionante trabajo, que pretende desenmarañar el verdadero origen de nuestro mejor amigo.

Lara de Miguel, limnóloga, y Beatriz Baselga, veterinaria

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